La sublevación, de Raphael Aguinaga

Entre los estrenos previstos para el jueves próximo, La sublevación llama la atención por el elenco que encabezan Marilú Marini y Arturo Goetz y completan Lidia Catalano, Luis Margani, Graciela Tenenbaum, la resucitada Nelly Prince entre otros actores reconocidos. También porque se trata de una opera prima que empezó con el pie derecho: en abril pasado, ganó el premio del público en el Festival de Cine Brasileño de París. Sin embargo, el largometraje de Raphael Aguinaga corre serios riesgos de desencantar, incluso a los espectadores sensibles a esta carta de presentación que además (he aquí un tercer señuelo) desliza la intención de combatir el sentimiento gerontófobo, cada vez más presente en nuestra sociedad.

El guionista y director debutante apela a la comedia para reivindicar la capacidad de resistencia y superación de los adultos mayores. La rebeldía anunciada en el título del largometraje evoca otras películas concebidas con un similar propósito concientizador: desde la adaptación que Leopoldo Torre Nilsson hizo de La guerra del cerdo hasta la británica -y más reciente- El jardín de la alegría (o Saving Grace) con la admirada Brenda Blethyn.

A juicio de quien suscribe, el mayor problema de La sublevación proviene de cierto miedo al grotesco que termina irrumpiendo al final del film, su mejor parte (nota al pasar: la escena de la ingesta de pastillas de éxtasis recuerda la anécdota del té de marihuana de la mencionada El jardín…). Esta suerte de autocensura impide el desarrollo saludable de los dos contextos que enmarcan la fábula de levantamiento: por un lado la rutina en un hogar de ancianos que un joven tiranuelo y consumidor de alucinógenos administra circunstancialmente y, por otro lado, el descabellado entretelón mediático que gira en torno a la presunta reaparición de Jesucristo en una versión clonada.

Las ocurrencias dignas de un bloque de Peter Capusotto conviven mal con la historia de amor otoñal que Aguinaga les encarga a los protagónicos Marini y Goetz. El fenómeno de incompatibilidad atenta contra el tono tierno del relato porque lo convierte en sensiblero y contra el condimento surrealista porque lo reduce a la condición de transgresión sin asidero.

La sublevación provoca una pizca de indignación entre quienes al principio celebramos la convocatoria a actores veteranos como Juan Carlos Galván, León Dogodny, Hugo Álvarez, Carlos Rivkin, Félix Tornquist además de los ya enumerados. Ésta es una de las características que más enganchan de la tarjeta de presentación y, para algunos espectadores, la más desaprovechada.

Para terminar, una curiosidad cinéfila… Según sugieren algunas fichas técnicas desactualizadas (ésta y ésta por ejemplo), la dirección de esta coproducción argentino-brasileña habría sido encargada a Jérôme Boivin antes que a Aguinaga. Acaso la película habría corrido mejor suerte si el realizador francés la hubiera filmado con la misma destreza que la inolvidable Baxter.