A 40 años del derrocamiento de Allende, notas sueltas en torno a las manos de Víctor Jara

Antes de matar a Víctor Jara, torturadores al servicio de la dictadura pinochetista le aplastaron y desgarraron las manos al grito de “No vas a tocar más la guitarra ni vas a difundir esa mierda comunista”. Extraídos del recuadro que completa este artículo del periodista Raúl Kollman sobre la serie Manos unidas de Roly Santos y de este viejo reportaje publicado por el diario español El País, los testimonios del suplicio infligido al cantautor chileno alcanzan para ilustrar la conducta criminal de quienes cuarenta años atrás derrocaron al Presidente constitucional Salvador Allende.

“Un muerto es una desgracia; un millón de muertos es una estadística” dicen que dijo Iosif Vissarionovich Stalin. Al margen del eventual cinismo, la frase refuerza la idea de que el registro de un solo via crucis (independientemente de si lo protagoniza una figura conocida como Jara) basta para repudiar aquel otro proceso de reorganización nacional que desangró al país trasandino entre 1973 y 1990.

Dicho de otro modo, queda relegada a un segundo plano la discusión mediática sobre la cifra exacta de ciudadanos desaparecidos/asesinados a cuenta de los Estados terroristas. El ensañamiento con Jara -con sus manos, nada menos*– revela de manera tan despiadada el carácter atroz del régimen de Augusto Pinochet que los lectores, oyentes, televidentes bien podríamos prescindir de la revisión de otros casos de tormento seguido de muerte.

En este capítulo de La cuestión criminal, Eugenio Raúl Zaffaroni advierte sobre la tendencia a magnificar la importancia acordada a las estadísticas que revelan la cantidad de víctimas de gobiernos homicidas. Según el penalista y juez de nuestra Corte Suprema, esta compulsión por las cifras suele derivar en intentos de jerarquización (‘Esta masacre fue peor que esta otra’) que “hacen perder de vista los cadáveres” y que “encierran gérmenes de mitos de alto riesgo, destinados a habilitar nuevos discursos masacradores”. Así, la amenaza comunista proveniente de la China de Mao termina justificando la masacre de 600 mil personas por encargo de Suharto, ilustra el académico.

Como en Argentina, en Chile también hay quienes acuden a la prensa para denunciar la supuesta falsedad de las cifras de víctimas de la dictadura. Cinco años atrás, por ejemplo, el sobrino famoso de Pinochet subió a YouTube este video donde califica de “montaje” los informes realizados por la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (o Comisión Rettig) y la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura (o Comisión Valech) que, según Amnesty International recuerda aquí, contabilizaron 3.216 desaparecidos o asesinados y 38.254 sobrevivientes al encarcelamiento o tortura por motivos políticos.

En este otro capítulo de La cuestión criminal, Zaffaroni explica que los genocidas siempre les temen a los cadáveres. Por eso los desaparecen reduciéndolos a cenizas, enterrándolos en forma clandestina, ocultándolos en fosas comunes, arrojándolos desde aviones en vuelo. Por eso -nos permitimos agregar en este blog- insisten en reducir el pasado a una discusión estadística, donde las cifras pretendidas (siempre muy inferiores a las oficiales) reducen crímenes de lesa humanidad como el perpetrado contra Jara en meros “excesos” según estipula el discurso bélico, castrense, genocida.

Pongo en tus manos abiertas… se titula el cuarto álbum que Víctor grabó como solista (en 1969) y cuya portada mostraba -y sigue mostrando- una foto bien representativa. Hoy, el 40º aniversario del golpe contra Allende vuelve a confirmar que recuerdos como éste dicen y conmueven más que cualquier cifra.

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* Años más tarde los represores uruguayos imitaron a sus colegas chilenos cuando les tocó torturar al pianista argentino Miguel Ángel Estrella.

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Publicado por

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

2 respuestas a “A 40 años del derrocamiento de Allende, notas sueltas en torno a las manos de Víctor Jara

  1. Nunca entendí como 8000 muertos (cifra que algunos utilizan en la Argentina para refutar a la de 30000) pueden considerarse mejores que 30000 y anular toda crítica a la dictadura¡Hablamos de 8000 personas muertas y desaparecidas! Y si en vez de 400 los nietos apropiados fueran 120 ¿sería menos abominable la acción?
    No es que los números enmascaren el crimen, es que el crimen en sí es lo que debe condenarse.
    Y más aún: en la dictadura de Pinochet, en la Argentina y en otros países de Latinoamérica ese crimen fue planificado y usado para poner en marcha un modelo económico de exclusión que llevó a la miseria y a la muerte a otros tantos. Eso es lo terrible. Que ni siquiera les importaban los números, sino el quebrar a las sociedades, hacerlas sumisas y que muchos aceptaran su destino de descartables.
    Que Chile aceptara como normal durante tanto tiempo el cercenamiento del derecho a la educación por considerarla un bien de mercado muestra la eficacia de los shocks, y que en Argentina el menemismo pudiera hacer natural la desocupación y la pobreza estructural también.

  2. Totalmente de acuerdo con vos, Iris.

    Siempre me llamó la atención -y me indignó- la discusión mediática sobre las cifras. Escribí este post en parte sensibilizada por el texto de Kollman sobre el suplicio de Jara y en parte porque hace algún tiempo constato que el diario Perfil relanzó (en general de la mano de Ceferino Reato) la discusión sobre si nuestros desaparecidos son 30 mil, 9 mil o apenas rozan los 7 mil.

    Entiendo que se trata de otra estrategia para desacreditar al kirchnerismo, en especial su política de DD.HH (hasta Graciela Fernández Meijide se sumó a la partida), y de paso para cuestionar el accionar sistemático del terrorismo de Estado. De hecho, la menor cantidad de víctimas abonaría la teoría de los excesos y desmentiría la existencia de un plan sistemático de sometimiento y exterminio.

    Como en otras cuestiones, la palabra de Zaffaroni (me) resulta muy esclarecedora en ésta también.

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