Los amantes pasajeros, de Pedro Almodóvar

Para esta ferviente admiradora de Pedro Almodóvar, Los amantes pasajeros es al director manchego lo que A Roma con amor a Woody Allen: si bien distan de ser películas tan malas como algunos críticos y espectadores sostienen, ni una ni otra merecen figurar entre los mejores trabajos de los realizadores mencionados. En ambos casos, el reencuentro cinéfilo resulta algo insípido, pero en ningún momento avala la elaboración de pronósticos apocalípticos.

Antes que una alegoría sobre la desorientación española frente a la crisis anarcocapitalista, la fábula del avión obligado a un aterrizaje forzoso se revela como un divertimento hecho con cierta nostalgia, como posible homenaje a aquellos primeros films que sentaron precedente almodovariano en pleno destape posfranquista. El problema es que los tiempos han cambiado y, en un presente mucho menos mojigato (al menos eso parece, a pesar de la perdurabilidad de ciertas conductas medievales), el sexo ha perdido capacidad transgresora. De ahí la apariencia anacrónica de esta desventura aérea protagonizada por tres azafatos híperamanerados, dos pilotos bisexuales, una cuarentona virgen y una dominatrix entrada en años.

El hombre de negocios acusado de una estafa a gran escala, el galán de telenovelas afecto a los amores tóxicos y el asesino a sueldo disfrazado de especialista en seguridad completan el abanico de personajes recurrentes en la filmografía de Don Pedro. La convivencia circunstancial, estrecha, (melo)dramática en la clase ejecutiva de un avión evoca, por un lado, aquel inolvidable rejunte disparatado en la terraza de Pepa y, por otro lado, la privación de libertad que Ricky le impuso durante días a Marina.

El sketch introductorio a cargo de Penélope Cruz y Antonio Banderas anuncia la condición nostálgica de este ejercicio ficcional que también cuenta con la participación de otros amigos de la casa o del director: Cecilia Roth, Javier Cámara, Lola Dueñas y el siempre presente compositor Alberto Iglesias.

Estas presencias disparan el recuerdo de películas superiores como Todo sobre mi madre, Hable con ella, Volver, la más reciente La piel que habito y las ya aludidas Mujeres al borde de un ataque de nervios y Atame. La comparación le juega en contra no sólo a Los amantes pasajeros sino a una Cecilia Roth cada vez más ajena a la chica Almodóvar que alguna vez fue.

«Un tropezón no es caída», reza el dicho popular, tan válido para la vida de los simples mortales como para la carrera profesional de los grandes cineastas. Seguro la próxima película de Almodóvar lo rescata del destino vislumbrado por los pronosticadores apocalípticos que cada tanto se empecinan en anunciar el (falso) ocaso del talentoso manchego.

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