La parte de los ángeles, de Ken Loach

Los admiradores porteños de Ken Loach celebramos el estreno comercial de La parte de los ángeles, que el Festival Internacional de Cine Político ya había presentado meses atrás en la Ciudad de Buenos Aires, en el transcurso de su tercera edición. El reencuentro es doble pues se extiende a Paul Laverty, guionista que suele trabajar con el cineasta británico (lo hizo en El viento que acaricia el prado, Pan y rosasLa canción de Carla) y autor de También la lluvia, película dirigida por la española Icíar Bollaín y proyectada en la anteúltima entrega del Festival Internacional de Cine y Derechos Humanos.

El título del film anuncia el juego de significados y roles que la dupla Loach/Laverty desarrolla a partir de la expresión lingüística inspirada en el fenómeno de evaporación que el whisky (y otras bebidas alcohólicas) sufre(n) durante el proceso de maduración. Eso que no se ve, y que sin embargo termina mejorando el espíritu del licor, tiene su correlato en la existencia humana: así podríamos anunciar uno de los preceptos principales de esta ficción más cercana a la fábula que a las despiadadas denuncias sociales recurrentes en la filmografía del comprometido realizador inglés.

Desde ya, Loach no deja de ser fiel a sí mismo porque elija concedernos un respiro en relación con su mirada en general escéptica y/o indignada. Al contrario, aún en una comedia dramática como ésta, reedita su histórico interés por los integrantes de la clase baja británica (en este caso de Escocia), sobre todo por la suerte que corren en condiciones desfavorables, estigmatizantes, que los convierten en ciudadanos de segunda, absolutamente vulnerables a un sistema empecinado en marginarlos y condenarlos.

Dicho esto, algunos espectadores creerán toparse con un Loach ablandado, dispuesto a acatar consignas del cine de entretenimiento, por ejemplo la utilización de ciertos estereotipos a la hora de caracterizar al protagonista y sus co-equipers; la intercalación de algunos giros narrativos algo previsibles o la apuesta a los afectos -al amor y al sentido de solidaridad- como punto de partida necesario en todo camino de recuperación y superación.

Sin embargo, la película es irreductible a estas fórmulas. Primero, porque administra con destreza dosis de suspenso, tensión y cierto sentido del humor corrosivo que supera los gags protagonizados por el personaje secundario Albert, a cargo de Gary Maitland. Segundo porque cuenta con actores tan dúctiles como los experimentados John Henshaw y Roger Allam y el debutante Paul Brannigan (que encarna al protagónico Robbie).

Porque ambas juegan con una expresión que remite a esa fracción esencial y a la vez imperceptible que puede provocar un cambio existencial, La parte de los ángeles evoca el recuerdo de 21 gramos, que Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga filmaron una década atrás. Aunque se trata de propuestas antitéticas, la comparación vale para insistir por contraste en las virtudes de este celebrado reencuentro con Ken Loach y, porqué no, con Paul Laverty.

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PD. Ayer jueves también se estrenaron Sip’ohi. El lugar del manduré de Sebastián Lingieri y Aprendices fuera de línea con Owen Wilson y Vince Vaughn.