Sip’ohi. El lugar del manduré, de Sebastián Lingiardi

El antecedente del hablador, personaje que Mario Vargas Llosa homenajeó en su libro de 1987, sobrevuela Sip’ohi. El lugar del manduré, segunda (y, a juicio de quien suscribe, superior) aproximación de Sebastián Lingiardi a la comunidad wichí que habita nuestro Impenetrable chaqueño. Después del policial Las pistas, que algunos espectadores habrán visto en el 12º BAFICI, el realizador porteño presenta su propio tributo a la oralidad en tanto instrumento de recuperación y reivindicación cultural.

A simple vista, resulta paradójica la ocurrencia de rescatar la tradición oral a través del cine, arte que en general supedita el registro sonoro al registro visual. Sin embargo, los relatos aquí contados poseen una fuerza poética tal que estimulan nuestra imaginación más allá de lo filmado. De hecho, ni el desconocimiento de la lengua wichí ni la eventual irrupción de una pantalla en negro (la mención de un personaje -Takjuak- es incompatible con cualquier tipo de imagen) atentan contra la atracción que las leyendas narradas provocan aún en los argentinos ajenos a la cosmovisión de estos compatriotas rara vez escuchados y respetados.

El trabajo de Lingiardi presenta dos grandes aciertos. El primero consiste en haber evitado la tentación de ilustrar los cuentos o, dicho de otro modo, en haber respetado la condición oral de la memoria wichí y de su mitología. En este sentido, las imágenes registradas en el pueblo de Sip’ohi contribuyen a contextualizar los relatos (y a sus relatores o habladores), pero los detalles de las historias del tigre con el cuis y con el zorro Juan o las aventuras del mencionado Takjuak quedan librados a nuestra imaginación.

En parte relacionado con el primero, el segundo acierto remite a la escasa contaminación blanca de esta aproximación filmada por un porteño pero concebida y realizada por el lugareño Gustavo Salvatierra. Esta virtud es muy interesante pues respeta la intención original de emprender un trabajo de recopilación que responde a las necesidades -no de una universidad o de una ONG- sino de integrantes de la propia comunidad. Entonces, además de rescatar retazos de una cosmovisión en riesgo de extinción, el film aborda uno de los aspectos de este peligro de aculturación: la suerte de interrupción en la comunicación, en el proceso de legado intergeneracional.

En este punto resultan reveladores los diálogos de Salvatierra con su amigo Félix sobre las implicancias del esfuerzo recopilador y, específicamente, sobre la importancia de reconocer y preservar la cultura propia, independientemente de las pretensiones de los blancos que de vez en cuando aparecen con intenciones de investigar y, como con las cuestiones materiales, de expropiar.

SIp’ohi. El lugar del manduré se estrena hoy jueves a las 21 en el cine Gaumont, donde a partir de mañana se proyectará dos veces por día: en las funciones de las 15.35 y de las 18.40. La experiencia de verla vale la pena, no sólo por las virtudes de un largometraje que deja con ganas de más (es tan inconcluso o tan abierto a nuevas actualizaciones como los relatos de transmisión oral), sino para re/descubrir al prometedor Sebastián Lingiardi… y de paso recordar -quizás volver a hojear- un buen libro de Vargas Llosa.

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PD. Hoy jueves también se estrenaron La parte de los ángeles de Ken Loach y Aprendices fuera de línea con Owen Wilson y Vince Vaughn.