Martin Scorsese vuelve a declarar su amor cinéfilo… en un ensayo periodístico

«The persisting vision: reading the language of cinema» -o «La visión persistente: leyendo el lenguaje cinematográfico»- se titula el ensayo de Martin Scorsese que The New York Review of Books publicó días atrás en su versión digital, y que busca conscientizar sobre la necesidad de preservar el patrimonio cinematográfico (el estadounidense en particular). Para fundamentar este llamado a la re/acción cultural, porqué no política, el célebre director evoca el amor por el séptimo arte que expresa cada tanto en sus películas (A letter to Elia y La invención de Hugo Cabret figuran entre las declaraciones más recientes y elocuentes). Dada la emoción y sentido de empatía que el artículo provoca en los espíritus cinéfilos, Espectadores traduce sus párrafos más encantadores… y menos chauvinistas.

En la película The magic box, hecha en Inglaterra en 1950, el gran Robert Donat encarnó a William Friese-Greene, una de las personas que inventaron el cine. También actuaron un montón de estrellas. El film había sido concebido para un evento llamado «Festival de Bretaña», así que participaron cincuenta o sesenta de los mejores actores ingleses de esa época; la mayoría hizo pequeños cameos, incluido Sir Laurence Olivier en la piel de un policía.

La primera vez que vi aquel largometraje tenía ocho años y estaba con mi padre. Nunca superé el impacto que me causó entonces. Creo que aquella experiencia detonó mi condición de maravillado por el cine, mi obsesión por mirar, hacer, inventar películas.

Mis padres tuvieron una buena razón para llevarme todo el tiempo al cine. Fui asmático desde mis tres años y aparentemente no podía practicar ningún deporte, o al menos eso fue lo que me dijeron. Mis padres adoraban las películas. No tenían la costumbre de leer (eso no existía en el lugar de donde provengo); entonces nos conectábamos a través del cine.

Ahora me doy cuenta de que la calidez de esa conexión con mi familia y con las imágenes proyectadas en la pantalla me dio algo precioso. Juntos experimentábamos algo fundamental. Transitábamos verdades emocionales, a menudo codificadas, que esas películas de los años cuarenta y cincuenta expresaban en pequeñas cosas: gestos, miradas, reacciones entre personajes, luces, sombras. Éstas eran cuestiones que no solíamos o no queríamos conversar o reconocer en nuestras vidas. Y esto también forma parte de la maravilla del cine.

Cada vez que escucho a quienes desprecian las películas por su naturaleza «fantástica» y distinguen taxativamente entre cine y vida, me digo a mí mismo que ésa es la mejor manera de evitar el poder del cine. Por supuesto, el cine no es vida. Pero el cine interpela a la vida; establece un diálogo constante con ella.

«Las películas son una enfermedad», dijo Frank Capra. Yo me enfermé temprano. Lo sentía cada vez que sacaba la entrada con mi madre, padre o hermano. Franqueás unas puertas, caminás sobre la alfombra, pasás por al lado del vendedor de pochoclos, percibís ese aroma dulzón característico, y en algunos cines tenés que franquear otra serie de puertas para por fin poder ingresar a la sala de proyección. Para mí, era entrar a un espacio sagrado, a una suerte de santuario donde el mundo a mi alrededor se recreaba y revelaba de otro modo.

Recuerdo que a mis cinco o seis años alguien proyectó una película animada de 16 milímetros y me dejó mirar adentro del proyector. Asistí al desplazamiento mecánico de aquellas pequeñas imágenes fijas e invertidas, a una velocidad constante. Del lado de afuera se las veía al derecho, en movimiento. Pero era más que movimiento. Algo hizo clic en ese lugar y en ese momento.

«Piezas del tiempo». Así definió James Stewart a las películas, en una conversación con Peter Bogdanovich. La maravilla que sentí cuando vi el movimiento de aquellas pequeñas figuras es la maravilla que siente Laurence Olivier cuando ve esas primeras imágenes en movimiento en una escena de The magic box.

El deseo de imágenes en movimiento, la necesidad de capturar el movimiento, parece estar con nosotros hace treinta mil años, en las cuevas de Chauvet, por ejemplo, donde un bisonte aparece dibujado con varios pares de piernas como si el artista hubiera querido crear la ilusión de movimiento. Creo que esta necesidad de recrear el movimiento es una urgencia mística del ser humano. Es un intento por capturar el misterio de quiénes y qué somos, y por contemplar ese misterio.

Mi obsesión empieza en la imagen que fabrica la mente. Nunca falla. Porque filmás un plano, lo juntás con otro que filmaste antes, y entonces experimentás una tercera imagen en tu mente, que en realidad no existe en las dos imágenes anteriores. Sergei Eisenstein escribió sobre este fenómeno que fue central en su trabajo.

Esto es lo que me fascina (a veces es frustrante pero nunca deja de apasionarme): si desplazás apenas el corte, incluso un milímetro, la tercera imagen también cambia. A esto se le llama -correctamente, me parece- «lenguaje cinematográfico».

Actualmente convivimos con imágenes todo el tiempo, como nunca antes. Por eso creo que necesitamos enseñar literatura visual en nuestras escuelas. Los chicos necesitan aprender que no todas las imágenes deben ser consumidas como comida rápida y luego olvidadas. Debemos educarlos para que sepan distinguir entre las imágenes que apelan a nuestra humanidad e inteligencia y aquéllas que sirven para vender.

No sólo debemos preocuparnos por preservar el cine de antaño. Más importante todavía, debemos preservarnos de los estándares culturales contemporáneos, sobre todo ahora. Hubo un tiempo en que el espectador promedio desconocía las cifras de la taquilla. En cambio, desde los años ochenta, este seguimiento se convirtió en una suerte de deporte e incluso en la expresión de una opinión. Esta conducta trivializa al cine en términos culturales.

En general el espectador joven sabe qué película recaudó más, qué actor es el más popular del día, de la semana, del mes, del año. Ahora, los ciclos de la popularidad cambian en cuestión de horas, minutos, segundos, y el trabajo creado seriamente y con pasión verdadera es descartado a la par del otro tipo de trabajo».

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