Murió León Ferrari. Acaso el Papa Francisco lo despida como a Margaret Thatcher

«Quienes atacaron la muestra completaron la obra», dijo León Ferrari sobre los militantes ultracatólicos que en 2004 tomaron por asalto el Centro Cultural Recoleta y provocaron destrozos en la polémica retrospectiva del artista plástico fallecido ayer jueves a los 92 años. La lucidísma frase fue grabada por Rubén Guzmán para su documental Civilización, que los cines Gaumont y Cosmos UBA estrenaron en diciembre pasado. Tres meses después de proyectado aquel tributo cinematográfico, Ferrari expuso en el Centro Cultural Haroldo Conti, es decir, en el mismo predio donde funcionó la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA) y estuvo detenido su hijo Ariel, que hoy continúa desaparecido.

Sin dudas, Ferrari supo provocar admiración más allá de su trabajo. De ahí que seamos varios los legos en bellas artes que lamentamos su muerte, básicamente porque tenemos la sensación de haber perdido un referente fuera de serie: coherente, comprometido, sufrido, con fino sentido del humor.

Esta suerte de fans aficionados nos convertimos en tales por afinidad ideológica. A casi diez años de aquel escándalo, todavía recordamos la indignación que nos causó la reacción fundamentalista originada en la acusación del entonces arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires Jorge Bergoglio, y cuánto celebramos la ocurrencia del escultor de donar el resarcimiento de diez mil pesos nada menos que a la Comunidad Homosexual Argentina… En marzo pasado, la periodista María Daniela Yaccar recordó (aquí) la convocatoria del ahora Francisco a repudiar la retrospectiva «blasfema» con un día de ayuno y oración así como, por otro lado, la decisión judicial de aplicarles una sanción monetaria a los vándalos.

Cuando el jurado de la 52° Bienal de Venecia lo premió con el León de Oro en 2007, Ferrari consideró dedicarle el reconocimiento a Bergoglio por ser el artífice del revuelo que terminó promocionando la muestra organizada en el Centro Cultural Recoleta. Con esta misma idea en mente -cuenta Yaccar- el escultor celebró con champagne el día de la asunción papal. Además aprovechó la ocasión para brindar por otros dos motivos: porque para ese entonces se había iniciado el juicio por la desaparición de Ariel, en el marco de la causa ESMA, y porque el famoso avión bombardero con el Cristo crucificado (uno de los agentes de la polémica de 2004) estaba siendo exhibido justo en un centro de arte contemporáneo italiano, cerca de la sede pontificia.

Dada su dedicación exclusiva a la celebración de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en Brasil, es poco probable que Francisco esté al tanto de muerte del artista blasfemo. Pero si ya se lo informaron y tiene intenciones de pronunciarse al respecto, habrá que esperar a la semana próxima cuando la euforia por el encuentro masivo haya quedado atrás.

Algunos compatriotas apostarán al silencio de Francisco. Otros nos permitimos dudar: si el Sumo Pontífice despidió con sensibilidad a una figura tan ajena a (y transgresora de) los valores cristianos como Margaret Thatcher, ¿por qué no habría de expresar la misma misericordia ante la partida de Ferrari?

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