Metegol, de Juan José Campanella

La dosis justa de picardía criolla en un guión pensado para gustar más allá del mercado nacional, la calidad actoral al servicio de los personajes animados, la rigurosidad técnica que recrea con detalle la coreografía futbolera son las tres grandes virtudes de la ultra promocionada Metegol, cuyo estreno reciente batió récords en nuestra taquilla. Una condición indispensable para disfrutarla exige entender/aceptar que la película de Juan José Campanella y Eduardo Sacheri está apenas inspirada en el cuento de Roberto Fontanarrosa Memorias de un wing derecho. De lo contrario, el espectador corre serios riesgos de dejarse llevar por el síndrome de las comparaciones odiosas.

Una segunda condición tiene que ver con el necesario reconocimiento de las expectativas comerciales depositadas en este proyecto cuya producción costó unos veinte millones de dólares. La aspiración de competir -y ganar- a nivel internacional (según este artículo, el largometraje será exhibido en alrededor de cincuenta países, la mayoría de los continentes americano y europeo y algunos situados en el Medio y Lejano Oriente) impone ciertos límites a la argentinidad de la historia, de los parlamentos e incluso del diseño.

La mundialización del fútbol ayuda en este sentido. Por un lado, admite la caracterización multiétnica de los personajes (no es casual que el jugador Beto se parezca al colombiano Carlos Valderrama, o que el equipo de Amadeo incluya a un defensor de origen coreano). Por otro lado, habilita cierta humorada de alcance universal -o al menos occidental- sobre la farandulización e inescrupulosa mercantilización del deporte.

El fenómeno globalizador también influye en la concepción de una fábula que reivindica la defensa de lo propio (en este caso de un pueblo) frente a los embates de un villano resentido, cuya capacidad de inversión destructora evoca aquellos mega emprendimientos financiados por capitales transnacionales de difícil identificación y de intenciones perversas contra el patrimonio natural, económico, cultural de una comunidad. Esta tensión entre «lo nuestro» y cierto agente de poder de origen desconocido existe en cualquier rincón del planeta; de ahí las altas probabilidades de que las aventuras de Amadeo y sus jugadores enganchen más allá de nuestras fronteras.

La premisa de atraer a la mayor cantidad de público posible (o, en otras palabras, a las multinacionales responsables de la distribución cinematográfica masiva) se revela evidente en dos propiedades de Metegol. Por un lado, en un diseño afín a la estética industrial (a diferencia del trabajo más bien artesanal que podemos encontrar en la propuesta uruguaya AninA, por citar un ejemplo al azar). Por otro lado, en un aspecto central del relato, muy parecido al de la aquí comentada Monsters University: el desarrollo de una competencia entre un equipo de aparentes perdedores y otro de aparentes ganadores, cuyo desenlace alberga una moraleja concebida para combatir prejuicios y enseñar qué tipos de personas y desafíos son realmente valiosos.

Estos dos factores -estético en un caso y narrativo en el otro- atentan contra la originalidad de Metegol. Sin embargo, sería injusto reducir el trabajo de Campanella y compañía a la tentadora definición de «nuevo producto de la industria de entretenimiento masivo». Lo salvan de este encasillamiento los giros rioplatenses del guión (que -cabe aclarar- le causarán más gracia al espectador adulto que al niño), las voces impecables del elenco en general (y de Pablo Rago, Diego Ramos, Horacio Fontova, Fabián Gianola, Miguel Ángel Rodríguez y el Coco Silly en particular) y la rigurosidad técnica que consigue recrear con admirable detalle la coreografía futbolera.

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