A tres años de sancionado el matrimonio igualitario, el recuerdo de la barbarie anti-gay

A tres años de aprobada la Ley de Matrimonio Igualitario, la mayoría de nuestros medios elige replicar el registro de siete mil bodas gays contabilizadas a nivel nacional, más de la mitad celebradas en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En cambio, pocos evocan la gran emoción que algunos ciudadanos sentimos aquella inolvidable madrugada del 15 de julio de 2010, y ¿ninguno? recuerda las barbaridades dichas antes y después de la sanción legislativa.

Lejos de convertirse en retazos anecdóticos de un pasado superado, aquellas expresiones públicas perduran en nuestra memoria porque algunos compatriotas se encargan de actualizarlas en nuestro presente. Quizás con menos vehemencia que entonces (con más hipocresía, corregirán algunos), pero con la misma intención de pontificar, disciplinar, condenar en nombre de Dios, la naturaleza, la salud mental, la niñez y/o la sociedad.

Quien suscribe recuerda cuatro pronunciamientos en particular:

1) Las declaraciones del obispo auxiliar de La Plata, monseñor Antonio Marino, sobre dos grandes diferencias entre las parejas homosexuales y  heterosexuales: las primeras son «treinta veces más violentas» que las segundas y además llegan a tener «500 parejas en toda la vida»;

2) La advertencia académica de la senadora Teresita Negre de Alonso sobre el matrimonio gay como facilitador de la «venta ilegal de óvulos, espermas y vientres» en el territorio nacional;

3) La preocupación de Mirtha Legrand por el riesgo de que los niños adoptados por parejas gays sean violados por alguno de sus padres;

4) Los argumentos de la entonces jueza de paz de General Pico, Marta Covella, para justificar su negativa a casar a personas del mismo sexo aunque le costara la vida (¿quién habría querido matarla por eso?).

Por supuesto también cabe recordar la carta del entonces cardenal Jorge Bergoglio para explicar que la discusión en torno a ese proyecto de ley excedía la simple lucha política. «Es la pretensión destructiva al plan de Dios (…), una movida del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios», escribió el ahora Papa Francisco en aquella misiva luego considerada un «error estratégico«.

A tres años de aprobada la Ley 26.618, el matrimonio entre personas del miso sexo sigue causando escozor en parte de nuestra sociedad. Difícilmente algún compatriota se atreva a replicar las estadísticas de Marino, los pronósticos de Negre de Alonso, la inquietud de Mirtha, las razones de aquella ignota jueza de paz. Tampoco queda bien rememorar la epístola del actual Santo Padre, en parte porque atenta contra la imagen de Pontífice bonachón.

Sin embargo, los putos y tortas siguen siendo raros, anormales, desviados, perversos, enfermos para muchos argentinos. Habrá que apostar a la educación y al paso del tiempo para ganarle a la estigmatización y para convertir aquellas viejas barbaridades en retazos anecdóticos de un pasado superado, que no admite ninguna actualización.

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