Mike y Sully, con exceso de normalidad

Mañana habrán pasado tres semanas desde su desembarco local (unos días más desde su estreno mundial), y Monsters University sigue siendo noticia gracias a los récords de taquilla y a gran parte del periodismo especializado que la elogió sin reparos. Sin embargo, la promocionada precuela de Monsters Inc. desilusiona a algunos espectadores -incluso niños- porque carece de la originalidad de su antecesora, y por lo tanto vuelve evidente su objetivo de recaudación.

Ahora asociada a Disney, Pixar parece renegar de la creatividad invertida en aquel primer film de 2001, cuando imaginó un mundo paralelo habitado por monstruos, y cuya única fuente de energía eran los gritos de los pequeños humanos que una compañía asustadora se encargaba de extraer, almacenar y procesar. Sin dudas resultó atractiva la idea de desmentir la naturaleza villana de este tipo de criaturas a partir de un relato que presenta el ejercicio del miedo como una actividad profesional/empresarial lícita y con un fin noble: la subsistencia de una sociedad casi tan normal como la nuestra (como la sociedad norteamericana o el american way of life, en realidad).

Precisamente es esta pretensión de normalidad la que termina jugándole en contra a Monsters University. De hecho, la ocurrencia de trasladar a Sully, Mike (también al taimado Randall) a un pasado anterior a la actividad asustadora (ay, la época estudiantil) conduce a la -nada original- recreación de la cuestión teen en la institución college que Hollywood replica con devoción.

Winners cobardones, oportunistas y afectos al bullying, losers solidarios y tesoneros, competencias entre fraternidades, intervención desafortunada de las autoridades competentes, conversión de roommates ocasionales en amigos/enemigos para siempre son algunos de los factores que revelan la aplicación de una fórmula archiconocida. A esta sensación de déjà vu se le suma la constatación de que, en esta segunda entrega, perdieron brillo las joyitas de la primera: por ejemplo, las puertas mágicas que los asustadores franquean para ingresar a las habitaciones donde hacen su trabajo, o la condición peligrosamente contaminante de los pequeños humanos.

Una vez más, algunos adultos tenemos la sensación de asistir a una película que tiene un segundo objetivo además de la recaudación: asegurar la reproducción de un prototipo de consumidor de entretenimiento. En este sentido, reconforta escuchar a la salida del cine que algún chico comenta que Monsters University le resultó «muy larga», e incluso «un poco aburrida».

¿A lo mejor no todo está perdido?

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