Pensar la independencia patria con palabras del historiador José María Rosa

El martes pasado se cumplieron 22 años de la muerte de José María Rosa, a quien Espectadores recuerda con una semana de retraso, en parte porque la conmemoración de las fechas patrias (esta vez, el 9 de julio) suele evocar el recuerdo de algún historiador admirado, y en parte porque la celebración de nuestra casi bicentenaria independencia se convierte en una muy buena excusa para invitar a releer La misión García ante Lord Strangford, o al menos su introducción.

En efecto, este libro publicado en 1951 cuenta y analiza un episodio poco conocido de la Historia nacional, que data de un año antes del famoso congreso de Tucumán y que consistió en un intento diplomático autóctono de colocar a la Argentina bajo el dominio británico. De hecho, en febrero de 1815 el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Carlos de Alvear, envió a su representante plenipotenciario Manuel José García a Río de Janeiro para presentarle la generosa propuesta al entonces embajador inglés Lord Strangford, cuyo nombre completo era Percy Clinton Sydney Smythe.

A continuación, Espectadores transcribe los párrafos centrales de la introducción que Rosa para su libro. El texto fue copiado de este sitio web, donde figura la versión digitalizada de la segunda edición publicada en 1974.

El artículo 33 de la Constitución Argentina que repite el 103 de la antigua, dice: «La traición a la patria consistirá únicamente en tomar las armas contra ella o unirse a sus enemigas prestándoles ayuda y socorro». Fue tomado al pie de la letra de la norteamericana (art. 3, secc. III, 1) sin advertir los constituyentes de 1853 que el adverbio «únicamente» (only) del modelo no correspondía al derecho público argentino. Porque en el art. 29 (que es el 20 de le actual) había creado otro tipo de traición a la patria: la de otorgar la suma del poder público o facultades extraordinarias, que no solamente equiparaban a «la traición a la patria» sino que agravaban con el calificativo de «infame».

Existen pues, en nuestro derecho constitucional, dos tipos de traición a la patria: tomar las armas contra ella, o unirse a sus enemigas, y «otorgar a los gobernantes facultades extraordinarias o la suma del poder público»: la traición federal del art. 20, y la traición unitaria del 33. Si aplicáramos retroactivamente ambas disposiciones, casi todos los hombres del pasado argentino serían merecedores de los cuatro tiros clásicos por la espalda. Unos por unirse al enemigo exterior, y otros porque no se ajustaron a las formas liberales de gobierno.

La subsistencia de dos tipos distintos de «traición» crea un curioso problema. ¿Es «traidor» el gobernante que asume facultades extraordinarias o la suma del poder, como medio único para defender justamente la patria de sus enemigos de afuera y sus conexiones internas? ¿Lo es a la inversa quien se une al enemigo con el propósito de restablecer las formas normales de gobierno? ¿Fue traidor a la patria Rosas que gobernó dictatorialmente, o lo fueron los unitarios aliados a los franceses o Urquiza aliado a Brasil?

(…)

En las guerras internacionales se lucha contra un enemigo cuya posición comprendemos y que comprende la nuestra. En cambio las guerras civiles están originadas por una incomprensión fundamental: formas políticas, conceptos de patria, etc. De allí que sean más cruentas que las guerras internacionales: así como amamos lo que está cerca y comprendemos, odiamos lo que también está cerca y no comprendemos o hemos dejado de comprender. Cuando la incomprensión es nada menos que del concepto de patria, las guerras civiles toman el carácter de verdaderas luchas religiosas. La patria es un culto, y quien no la entienda a nuestra manera se convierte en un hereje digno de la hoguera de Torquemada o de Calvino.

Dos Argentinas que no podían comprenderse, que necesariamente tuvieron que ser antagónicas, chocaron desde los comienzos de nuestra Historia. Dos concepciones de patria que tendían a excluirse: para unos la argentinidad nació consustanciada con el régimen político liberal y el patriotismo consistía en traer la llamada «civilización europea», por lo menos su exterioridad más evidente, que era el régimen constitucional. A ello se sacrificaba todo: el pasado del cual se renegaba, los hombres que se disminuían a «bárbaros», la economía, la tierra. No había solidaridad con la tierra y los muertos, sino con una determinada posición ideológica: «nuestra patria es el universo» decía Echeverría en 1845; «La patria es la humanidad» clamaba Alberdi en 1838, idéntica posición; «no estamos preocupados por esa idea de la nacionalidad que es patrimonio del hombre desde la tribu salvaje» explicaba Sarmiento, en Facundo, la posición de los suyos ante el conflicto con Francia.

Años más tarde Alberdi diría en las Bases que es obra de auténtico patriotismo eliminar a los argentinos para establecer la civilización europea: «No son las leyes que necesitamos cambiar: son los hombres, las cosas. Necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de libertad por otras gentes hábiles para ella. Si hemos de componer nuestra población para nuestro sistema de gobierno, si ha de sernos más posible hacer la población para el sistema proclamado que el sistema para la población, es necesario fomentar en nuestro suelo la población anglosajona. Ella está identificada al vapor, al comercio, a la libertad».

Para otros argentinos, en cambio, la patria era algo real y vivo, que estaba en los hombres y las cosas de la tierra. Era una nacionalidad con sus modalidades propias, su manera de sentir y de pensar que le daban individualidad, y que justamente había que preservar de la absorción foránea. No estaba en un digesto legal, sino en el sentimiento de una tradición común y la conciencia de una solidaridad.

Unos y otros se consideraron depositarios exclusivos de la argentinidad y se calificaron mutuamente de antipatriotas y de traidores. Lo hicieron con la misma buena fe y con idéntica convicción. Unos y otros dieron origen a las dos corrientes políticas que, prolongadas a través de nombres que poco significaron, han llegado hasta nuestros días. Hubo la Argentina formal que antepuso a todo la existencia de formas burguesas de factura liberal: y hubo la Argentina nacionalista para quien predominaba la existencia y la soberanía de la Nación. Una corriente minoritaria pero intelectualmente destacada y otra corriente popular y espontánea.

(…)

Por eso, porque no hubo entre nosotros una conformidad plena sobre lo que es la patria, es que nuestras guerras civiles fueron tan extraordinariamente implacables. Podemos decir que nuestras oposiciones cívicas continúan esta tradición, la mejor conservada quizá de nuestras tradiciones vernáculas. Tenemos una incapacidad criolla para ponernos de acuerdo sobre lo que es la Argentina, y de allí que nos odiamos hoy con idéntico fervor y sinceridad que ayer y que siempre. Quienes no piensan como nosotros son «traidores a la patria», y, claro es, justificamos con el calificativo toda medida contra ellos. No nos entendemos en el terreno político ni tampoco nos entendemos en la polémica histórica.

¿Es que no podemos entendernos ni hay posibilidades de que podamos llegar a hacerlo algún día, lograr el imposible tercero excluido que nos reconcilie en una común idea de patria? Decía San Martín en 1829 que la única solución del problema político argentino era que una facción excluyera completamente a la otra. Pero nuestra Historia demostraría que tampoco es posible que una de las ideas excluya absolutamente a la otra: lo trató de hacer Rosas y fracasó; lo trataron de hacer los antirrosistas después y también fracasaron.

Parece que estuviéramos condenados a convivir para siempre sin dejar de combatirnos, y que podemos descansar en la completa seguridad de que jamás llegaremos a entendernos. Tal vez sea una cuestión de tiempo (Rosas fracasó porque se adelantó a su época), pero con siglo y medio de vida independiente, ¿andaremos aún muchos a tientas, buscando cuál es nuestra auténtica patria, nuestra verdadera razón de ser nacional?».

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