39 años ¿sin? Perón

Perón no puede organizar el país y muere en medio de un esfuerzo que ya era demasiado para él. Ahora se trata de lo principal: frenar el “foco marxista de tremenda agresividad”. Lo intenta Lopecito con la Triple A. Pero es ineficaz, desordenado.

Los militares esperan. Dejan que todo se pudra, se caiga a pedazos. Contribuyen al caos. Y dan el golpe. Se acabó el peronismo. Perón está muerto. El foco marxista es aniquilado con una celeridad humillante. Los meten y los masacran en los campos de concentración.

La Argentina ha solucionado el problema que arrastraba desde 1955. Recién se resuelve en 1976 con una masacre que se lleva treinta mil vidas.

Luego viene la democracia y el peronismo pierde en las urnas por primera vez. No hay problema. Gobierna Alfonsín. Cuando se hartan de él, le hacen un golpe de mercado y… ¡le entregan el gobierno a un peronista!

Que el Poder en la Argentina haga esto es impensable. Pero no: el Poder se lo ceden a Carlos Menem, quien, con la complicidad del justicialismo, lleva a cabo el programa del establishment. El neoliberalismo arrasa con la Argentina peronista. Se desmontan las nacionalizaciones del Estado keynesiano. Se aniquila el Estado de Bienestar que constituyó la identidad del pueblo peronista.

Menem se convierte en un hombre del establishment, del Poder. Es uno de ellos. Al establishment ya no le importan los malos modales, las tosquedades de quienes le sirven. Al muñeco le permiten todo. Hasta que lo ponga a Rosas en los billetes de veinte pesos.

Luego De la Rúa. Luego la transición de Duhalde. Y luego… la desagradable sorpresa. El peronismo retorna. Néstor Kirchner, para colmo, no sólo recupera el rol del Estado, los toques keynesianos, el intento de redistribución del ingreso, sino que incorpora a su gobierno a muchos de los que formaban, en el pasado, el “foco maléfico”, el “eje marxista del mal”.

Con Kirchner el peronismo vuelve a ser intolerable. De aquí tanto odio. Las divisiones. Las peleas. Caramba, ¡después del Perón del ’45-’55 no hubo un gobierno más podridamente peronista que éste!»

Este extracto de la entrega 54 que José Pablo Feinmann redactó para la colección Peronismo. Filosofía política de una obsesión argentina, y que el diario Página/12 publicó en 2008, viene como anillo al dedo para sintetizar los 39 años que transcurrieron desde la muerte de Juan Domingo Perón, y que hoy conmemoramos de acuerdo con las efemérides de rigor. El resumen también ayuda a justificar el título de este post, es decir, la intención de invitar a reflexionar sobre cuánto de este ex Presidente revolucionario para algunos, tirano para otros sigue vivo en nuestro presente y en cada uno de nosotros.

Quizás esta propuesta repercuta más entre los argentinos que nos resistimos a autodefinirnos peronistas y sin embargo estamos convencidos de que el peronismo dista, ¡de lejos!, de ser «lo peor que le pasó al país» (sentencia que suele pronunciar gran parte de nuestros compatriotas de clase media para arriba). Ubicados en una especie de limbo ideológico entre quienes siguen escuchando la sinfonía del sentimiento que describió Leonardo Favio y quienes están convencidos de que el justicialismo es una suerte de mal endémico implantado en nuestro ADN nacional, tenemos más preguntas que respuestas.

A título estrictamente personal, me pregunto qué habría sido del país si Perón no hubiera irrumpido en nuestra Historia. ¿Acaso los discípulos de Hipólito Yrigoyen y los descendientes de los inmigrantes socialistas, comunistas, anarquistas se habrían disputado la representatividad popular necesaria para cambiar el rumbo dictado por una dirigencia conservadora?

El ejercicio de ucronía corre serios riesgos de provocar discusiones bizantinas. Por eso este blog prefiere dejarlo de lado y concentrarse en la constatación de que Juan Domingo sigue presente en el análisis que los argentinos hacemos de nuestra actualidad. Décadas atrás, los creadores de Canal K se inspiraron en esta indiscutible vigencia para retratarlo en el Cielo, junto a su contrincante Ricardo Balbín y al tanto de todo lo que sucedía en nuestra tierra.

Otra vez a título personal, uno de los aspectos que más me sorprenden de este fenómeno de continuidad es que muchos congéneres repitan a rajatabla el discurso antiperonista de nuestros abuelos. Impresiona esta reedición intacta en boca de compatriotas de entre 30 y 40 años, a más de medio siglo de la Revolución Libertadora, como si entre 1955 y 1983 la Argentina no hubiera vivido otras y peores tragedias además de la que en principio significaron las dos primeras presidencias de Perón, como si fuera posible reducir la envergadura del justicialismo a un par de anécdotas familiares

Además del texto de Feinmann, hoy también vale repasar la entrevista que el historiador norteamericano Nicolás Shumway le concedió en 2005 al diario La Nación. En esa ocasión, el autor de La invención de la Argentina sostuvo:

Perón supo combinar una serie de elementos que por sí solos serían contradictorios. Por un lado, ese nacionalismo de derecha, aristócrata, ultracatólico, que lo apoyó. Al mismo tiempo, el populismo de izquierda, de personas como Scalabrini Ortiz y Jauretche, que también lo apoyaron. A lo largo de su carrera, Perón mostró esa capacidad de combinar elementos tan dispares. La idea de un peronismo de izquierda es casi una contradicción en los términos, pero es una realidad en la historia del país, lo que es un indicador del genio político de Perón».

Acaso a esta genialidad le debamos la necesidad de seguir discutiendo a Perón, aún a 39 de su muerte… relativa. 

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