Bárbara, de Christian Petzold

El afiche que ilustra esta reseña, y que nuestros distribuidores eligieron para promocionar el estreno local de Bárbara, es menos elocuente que esta otra versión donde la protagonista aparece pedaleando una bicicleta mientras mira hacia atrás. Efectivamente, el segundo póster anuncia claramente el planteo que Christian Petzold desarrolla sin estridencias, golpes bajos ni caracterizaciones maniqueas, y que básicamente consiste en señalar la imposibilidad de ignorar el pasado aún en plena carrera (o fuga) hacia un futuro prometedor, en principio liberador.

Diferencias al margen, la película alemana estrenada el jueves pasado en la cartelera porteña comparte con sus antecesoras La vida de los otros, La ola, La cacatúa roja, Anónima. Una mujer en Berlín (protagonizada por la misma Nina Hoss que hoy encarna a Bárbara) la intención de recrear un ayer conflictivo para invitar a reflexionar sobre un hoy también problemático y, si fuera posible, sobre la complejidad de nuestra condición humana. Para sorpresa de los argentinos cansados de nuestra propia necesidad de revisión histórica, esta preocupación por el pasado también afecta a parte del cine germano.

En esta ocasión, Petzold aborda la condena de exilio forzado en el propio territorio nacional, aquí, en un pueblito de la Alemania oriental a principios de los años ’80. La imposibilidad de abandonar el país vuelve a aparecer como el mayor síntoma de atropello filo-soviético, aunque esta vez combinado con otras estrategias de control típicas de todo Estado totalitario, por ejemplo la vigilancia extrema a los ciudadanos disidentes y el abuso de autoridad inherente a las prácticas de disciplinamiento individual y social.

De esta manera, el guionista y director evita los estereotipos habituales en las ficciones concebidas para denunciar las iniquidades cometidas al otro lado del muro de Berlín. Los seis personajes que tejen el entramado narrativo de Bárbara impiden reducir la realidad de aquel entonces a un fresco caricaturesco donde los malditos comunistas pierden por goleada contra los occidentales libres, democráticos y especialmente buenos.

A Petzold le bastan unas pocas pinceladas para relativizar las esperanzas puestas en ese otro mundo que promete una vida nueva y mejor. Asistir al encandilamiento de una joven con una propuesta de casamiento por conveniencia y escuchar en boca de su amante libertador el anuncio de una futuro que le permitirá quedarse en casa porque no tendrá que salir a trabajar («gano lo suficiente para mantenernos a los dos», agrega para tranquilizarla) provocan un respingo en la protagonista, que algunos espectadores interpretamos como una advertencia lúcida sobre el peligro de idealización.

Hoss brilla a la hora de encarnar a una mujer que se debate entre la deserción como única alternativa para escapar del acoso de un Estado omnipresente y la resistencia in situ a partir de otro tipo de alianza con el amor. La bicicleta es la otra gran protagonista de esta fábula, en tanto alude al traslado psíquico que Bárbara realiza para tomar sus decisiones y que, guste o no, incluye tres estaciones inevitables: pasado, presente y futuro.