La muerte de Belgrano, sin estampita

El 193° aniversario de la muerte de Manuel Belgrano nos retrotrae a aquel 20 de junio de 1820 que la mayoría de los argentinos adultos asociamos con una suerte de estampita escolar donde el creador de la bandera (durante décadas éste fue el título más promocionado en las aulas) yace en cama, apenas acompañado y visiblemente enfermo. Rara vez nuestros maestros se refirieron al contexto de aquella postal y de las palabras póstumas del prócer «Ay, patria mía»: una crisis política e institucional parecida a la que vivimos en 2001.

En parte por la gravedad del marco político de ese entonces (caída del Directorio; disolución del Congreso de Tucumán y del cargo de Director Supremo de las Provincias Unidas; sucesión compulsiva de autoridades elegidas por cabildos abiertos, elecciones indirectas, revueltas militares) y en parte porque Belgrano se había convertido en una figura incómoda (sobre todo para los dirigentes porteños), su deceso pasó inadvertido para la prensa de la época. De hecho, el único diario que publicó la noticia fue El Despertador Teofilantrópico, a cargo del padre Francisco de Paula Castañeda.

La indiferencia de la opinión pública fue tal que los viejos adversarios de Don Manuel se sintieron en la obligación -o consideraron pertinente- reparar el «triste funeral, pobre y sombrío» descripto por el fraile franciscano. En efecto, un año y piquito despúes, el 29 de julio de 1821, organizaron unas exequias «figuradas» que consistieron en el traslado de un armazón tumbal a la Catedral metropolitana donde el gobernador Martín Rodríguez y sus ministros, entre ellos Bernardino Rivadavia, presenciaron la misa de rigor.

En este viejo artículo que redactó para Clarín, Eduardo Pogoriles cita al escritor Rafael Alberto Arrieta para aportar más detalles. Por ejemplo, que la ceremonia se extendió hasta la tarde («la elite se reunió en la casa de Manuel Sarratea, frente al atrio de Santo Domingo, para compartir un banquete honorífico») y que, la noche siguiente, el Teatro Coliseo estrenó una obra patriótica donde Belgrano aparecía en el Olimpo junto a los dioses griegos.

El 193° aniversario también evoca otra anécdota fúnebre, afín a la tradición necrófila que se apropió del cadáver de Evita, de las manos de Juan Domingo Perón, de los cuerpos de miles de desaparecidos. Esta vez hay que retroceder al 4 de septiembre de 1902, cuando una comisión designada por el entonces Presidente de la Nación Julio Argentino Roca procedió a exhumar los restos de Belgrano para trasladarlos a la urna alojada en el monumento que se inauguraría en octubre de ese año, en el atrio de Santo Domingo.

El sitio web del Instituto Nacional Belgraniano alberga (aquí) la anécdota bien documentada que cita artículos publicados en La Nación, La Prensa y la revista Caras y Caretas. Básicamente estos medios primero denunciaron la desaparición de dos dientes de entre los huesos rescatados para el mencionado traslado y luego revelaron el misterio: el ministro del Interior Joaquín V. González y el ministro de Guerra Pablo Ricchieri se habían apropiado subrepticiamente de una pieza dental cada uno, con la intención de mostrarla -el primero- a sus amigos y -el segundo- a Bartolomé Mitre.

En esta publicación institucional del Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, la historiadora Hebe Clementi cuenta que, el 13 de septiembre de 1902, la legendaria Caras y Caretas publicó una caricatura del prócer levantándose de la tumba con la leyenda «¡Hasta los dientes me llevan! ¿No tendrán bastante con los propios para comer del presupuesto?».

Sin dudas, este breve repaso histórico renueva los reparos de quienes no entendemos/compartimos la ocurrencia de homenajear a nuestros héroes justo el día de su muerte. Pero tal vez la conmemoración del 20 de junio constituya una excepción, al menos mientras estemos dispuestos a reconocer la naturaleza artificiosa de aquella tradicional estampita escolar.

——————————————————————————————–
Posts relacionados
 Belgrano, de Billiken a PakaPaka
 Belgrano, la película (reseña)