El Hombre de Acero

Con El Hombre de Acero, el triplete conformado por Christopher Nolan (productor y colaborador autoral), David Goyer (guionista) y Zack Snyder (director) erradica de la pantalla grande toda marca heredada del Superman que Richard Donner y Christopher Reeve inmortalizaron en la retina de los espectadores que hoy rozan/transitan los 40. Aunque en principio resulta osada -por lo tanto estimulante- en comparación con el intento fallido de Bryan Singer en 2006, esta decisión de prescindencia definitiva no alcanza para parir una adaptación cinematográfica realmente innovadora sobre el origen del superhéroe oriundo de Krypton.

La idea de subrayar la condición extraterrestre de Clark Kent promete enriquecer el retrato de un personaje reducido al estereotipo del buen norteamericano dispuesto a defender los ideales de Verdad, Justicia, Libertad en los Estados Unidos y en el resto del mundo. De hecho, la película amaga con superar esta aproximación unidimensional cuando expone la incomodidad del protagonista con su historia personal y familiar (se sabe hijo adoptivo pero ignora quiénes fueron sus padres biológicos) y con la recomendación de disimular sus poderes especiales hasta que llegue el momento propicio.

Este Kal-El se parece más que nunca a Cristo o, mejor dicho, su problemática existencial parece inspirada en aquélla que algunos autores non-sanctosJosé Saramago por ejemplo– le atribuyen a Cristo: a diferencia del Jesús que sabe y acepta sin dudar de dónde viene, cuál es su misión, cómo deberá sacrificarse para salvar a la Humanidad (tracemos un paralelismo entre el relato oficial de la Iglesia y el Superman que Reeve encarnó 35 años atrás), está el otro que asume su rol histórico con contradicciones, cuestionamientos, a veces con temor y bronca (como la criatura de Krypton ahora a cargo de Henry Cavill).

Es una pena que el guión de Snyder resuelva tan rápido el conflicto que se le presenta a cualquiera obligado (incluso dispuesto) a reconocer públicamente su verdadera identidad. En un presente signado por la desconfianza al otro distinto, cuesta imaginar que la sociedad norteamericana y su ejército crean tan rápido en las buenas intenciones de un individuo que durante años vivió camuflado (¿con documentos apócrifos?) y ahora es buscado por las autoridades competentes (si no fuera un ET, bien podría ser un terrorista).

[Dicho sea de paso, Cristo habría corrido mejor suerte si sus compatriotas hubieran sido tan benévolos con su pretendida condición divina como los estadounidenses con la naturaleza extraterrestre de Superman.]

La ilusión de osadía desaparece apenas empieza la película, cuando caemos en la cuenta de que la condición alienígena de Clark Kent/Kal-El es la clave para introducir el nudo central de la trama (el enfrentamiento con un enemigo de la misma raza), y para entender el verdadero propósito del trío Nolan-Goyer-Snyder: ofrecer un despliegue de efectos especiales que obnubilen al espectador, y lo persuadan de que éste es el mejor entretenimiento.

A partir de esta constatación, todo se vuelve trillado, cuando no conservador: desde inspirarse en el Mundo feliz de Aldous Huxley para imaginar que Krypton reproduce in vitro a sus ciudadanos según necesite líderes, guerreros, obreros, esclavos hasta la reivindicación del ser norteamericano (con una familia Kent paradigmáticamente yankee), pasando por la escenas de acción robótica a lo Transformers y la noción de salvar al mundo destruyéndolo en gran medida (o la consigna de combatir la violencia con más violencia).

Desde esta perspectiva, El Hombre de Acero dista de aportar algo interesante a las adaptaciones hollywoodenses de la creación de Jerry Siegel y Joe Shuster. Es una lástima, no sólo porque amaga con hacerlo y finalmente no se anima, sino porque además reniega de dos cualidades que sí posee su antecesora de 1978: romanticismo (a Cavill y Amy Adams les falta la química que tuvieron Reeve y Margot Kidder) y sentido del humor (con un Lex Luthor a cargo de Gene Hackman e incluso el General Zod de Terence Stamp mucho más atractivos que la solemne caracterización villana de Michael Sannon).

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