«Matan a una adolescente y chocan dos trenes», título digno del periodismo taquigráfico

Un crimen, un robo, un asalto, un homicidio son sucesos sin repercusión social, despreciables y previstos en el equilibrio colectivo. El delito mayor es darles una divulgación indebida, repartirlos por todos los ámbitos, redactados por plumas expertas en sensacionalismo, bajo títulos pomposos, como si se quisiera que todos los hombres tomaran por modelos las fechorías que relatan. Más delito que el delito es la publicidad morbosa del delito».
Raúl Scalabrini Ortiz
El hombre que está solo y espera.

El mayor pecado en el negocio periodístico en la actualidad es ir despacio o dejar escapar una historia fundamental; o más exactamente parecer que se va despacio, o parecer que se está en peligro de dejar escapar una historia fundamental. De modo que la celeridad y la cantidad han reemplazado a la profunidad y la calidad, a la exactitud y al contexto. La presión por competir, el temor de que algún otro consiga la primicia antes, crea un entorno frenético en que se presenta un chaparrón de información y no se plantean preguntas serias. Incluso en los momentos en que sí se plantean tales preguntas, no se hace el trabajo de meses y semanas necesario para encontrar todas las soluciones y contestar las preguntas adecuadamente. Informar no quiere decir taquigrafiar».
Carl Bernstein
Declaración recogida por Esteban Rodríguez en su libro Contra la prensa: antología de diatribas y apostillas.

La cobertura periodística en torno al asesinato de Ángeles Rawson evoca las mismas reflexiones que la atención mediática sobre el crimen de Candela Rodríguez provocó dos años atrás en Espectadores: aquí expresamos dos dolores, y aquí nos permitimos señalar la sensibilidad limitada de la opinión pública. Entre los comentarios (muy interesantes) que dejaron los lectores, se coló el texto de Scalabrini Ortiz que hoy encabeza este post. La reflexión de Bernstein, en cambio, fue elegida ayer a media mañana, mientras la irrupción casi simultánea de dos «historias fundamentales» -las hipótesis en torno al crimen de una adolescente y el registro de otro accidente ferroviario en el ramal Sarmiento- sacaba a relucir la conducta psicótica de una parte de nuestro periodismo vernáculo y de quienes lo consumen con fruición.

La exigencia de primicia en dos frentes distintos forzó al máximo el fenómeno de compulsión pseudo/informativa señalada por el célebre reportero del Washington Post, tanto que amagó con darle de baja al primer tema, cuyas innegables condiciones de perdurabilidad mediática lo salvaron apenas del abandono total (ayer al mediodía, sólo América Noticias seguía de cerca los trascendidos y especulaciones en torno al caso Rawson, mientras TN y C5N se concentraban exclusivamente en el choque de trenes en Castelar).

Estos dos sucesos de gran impacto se potencian -y se disputan la atención de la opinión pública- no sólo por la cercanía temporal que los convierte en una suerte de tándem trágico, sino porque ambos se presentan como la reedición de dos hechos pasados sin reparación inmediata a la vista: el crimen de Candela, cuya investigación habría vuelto a foja cero, y la tragedia de Once, cuyo proceso judicial avanza a paso lento. Este «más de lo mismo» volvería a probar que nuestro Estado -el Gobierno actual, en realidad- no puede/sabe/quiere garantizar la seguridad de los ciudadanos.

Entre el martes a la tarde y ayer jueves a la madrugada, los canales de noticias, las versiones digitales de Clarín, La Nación, Perfil, Infobae, Minuto Uno, La Razón, InfoNews y algunos programas radiales fomentaron todo tipo de hipótesis y soluciones relacionadas con el asesinato de Ángeles y, por carácter transitivo, de niñas y adolescentes violadas en nuestro país. Mientras las sospechas se concentraron en la supuesta agresión sexual (según las distintas versiones, el autor fue un psicópata que acecha por el barrio de Colegiales o un empleado del Ceamse depravado, negro-de-mierda-tenía-que-ser), los lectores de los medios online reclamaron pena de muerte: desde la versión institucionalizada de manera aséptica hasta una buena alternativa medieval, como el empalamiento en una plaza pública. Cuando los médicos forenses descartaron esta hipótesis y el dedito acusador de la prensa giró hacia el entorno familiar, los pedidos de «mano dura» perdieron virulencia.

El enojo mediático y ciudadano empezó a cambiar de objetivo ayer a las 7.30 de la mañana, cuando los servicios de control de tránsito difundieron los primeros (y brevísimos) informes sobre un «choque en el Sarmiento». En menos de una hora, los canales de noticias y los diarios online empezaron a difundir las fotos que algunos pasajeros tomaron con sus dispositivos móviles. A partir de ese momento, fueron restándole protagonismo al crimen de la adolescente para darle prioridad a la crónica del siniestro que hirió a más de trescientas personas y provocó la muerte de tres.

En el transcurso de la tarde, el caso Ángeles recuperó protagonismo pero a costa de resignar espacio en las homes de los diarios online y trasladarse a los magazines y/o programas de chimentos en la televisión. De esta manera, los medios de comunicación se las ingeniaron para que ambos temas volvieran a convivir, incluso a fusionarse en una recreación sintética de la realidad cuyo título catástrofe podría ser «Matan a una adolescente y chocan dos trenes».

Es más… Sería cuestión de hacer una trampita retórica, es decir, de atribuirles un mismo sujeto a los dos verbos conjugados en tercera persona del plural, y entonces sentenciar «‘Ellos’ matan a una adolescente y chocan dos trenes». Después de todo, se trata de expresar lo que siente y piensa la gente.

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