Día del Periodista, en primera persona

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Hoy y mañana Espectadores estará cubriendo el Congreso Internacional sobre Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, organizado por el Ministerio Público de la Defensa. De ahí la decisión de adelantar la publicación del tradicional post dedicado al Día del Periodista.
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Redactar en primera persona del singular es la característica distintiva de este octavo post a propósito del Día del Periodista que la Argentina celebra cada 7 de junio. Los lectores de Espectadores sabrán disculpar el atrevimiento como último recurso para reducir los riesgos de repetición o, dicho de otro modo, para repeler la tentación de volver a cuestionar la elección de esta fecha (la misma en que murió Bernardo Neustadt), o recordar la existencia de «otro periodismo», o rendirle homenaje a tal o cual figura nacional, o reprochar la sacralización del oficio, o denunciar la negación de la dimensión sindical, o distinguir entre periodismo y operación política y/o corporativa, o ironizar sobre la objetividad y la serialización de la profesión, o exigirle rigurosidad/honestidad intelectual a alguna estrella consagrada, o abordar el prolongado enfrentamiento entre el Gobierno nacional y el Grupo Clarín.

Subrayo esta «caracterísitica distintiva» porque, al menos a principios de los ’90, los estudiantes de Periodismo debíamos abandonar el uso de la primera persona -del plural también- a menos que estuviéramos transcribiendo algún diálogo o declaración en estilo directo. Tanto en la UBA como en TEA, los profesores de los Talleres de Expresión rara vez perdonaban la filtración semántica o conjugacional de algún «yo» o «nosotros» tácito en los análisis políticos, reseñas cinematográficas o textos de opinión general que nos encargaban muy cada tanto (atención, estaban formándonos para informar desde una posición neutral, nunca desde nuestra subjetividad).

Nobleza obliga, la Universidad de Buenos Aires intercalaba este entrenamiento pro-objetividad con materias teóricas concebidas para derribar el mito de la asepsia. De ahí la proliferación de expresiones como «contrato(s) de lectura», «construcción de la agenda mediática», «editorialización de la realidad».

Cuando terminé el secundario, decidí estudiar Ciencias de la Comunicación en la UBA (primero) y Periodismo en TEA (después) un poco por descarte, y otro poco porque siempre me había gustado escribir. Consciente de que no tenía talento literario, me imaginé a gusto en la redacción de algún medio gráfico. Nunca creí en la condición superheróica del periodismo más allá de las historietas y del cine, así que mi fantasía se limitaba a un puestito de cronista funcional, adaptable a las necesidades de cada sección.

Una vez egresada, me presenté en diversos diarios y editoriales con la ilusión de conseguir alguna oportunidad laboral. A través de su departamento de Recursos Humanos, el diario La Nación me citó unas seis o siete veces en el transcurso de un año (1998 o 1999) para por fin comunicarme que finalmente no me tomaría porque el diario no tenía convenio de pasantía ni con la Universidad de Buenos Aires ni con TEA. Las malas lenguas me soplaron, en cambio, que yo solita me había cavado la fosa con el «no» que le respondí a la selectora de personal cuando me preguntó «hi-po-té-ti-ca-men-te-ha-blan-do» si aceptaría entrar al periódico para servir café en la sala de redacción.

No insistí demasiado con la prensa tradicional, quizás por la misma debilidad vocacional que sentí al terminar el colegio secundario. Preferí, en cambio, experimentar con las posibilidades que los albores del siglo XXI prometían en el novedoso rubro de la edición online (las aventuras con la gran e inestable burbuja de Internet inspirarán algún otro post en Espectadores).

Cuando el domingo antepasado leí este artículo que Jorge Fontevecchia le dedicó a Jorge Lanata en Perfil, pensé en retomarlo para escribir ‘algo’ sobre la conmemoración del 7 de junio. Evocaría el cruce entre ambos «empresarios periodísticos» (título del que reniegan), algunas declaraciones rimbombantes de Fontevecchia* y los comentarios de ciertos lectores** para invitar a reflexionar sobre los distintos tipos de periodismo que los argentinos podemos celebrar a tono, o a contramano, con la reivindicación mediática de rigor.

Por algún motivo, terminé optando por redactar este apocado post en primera persona. Acaso sea una manera de renovar mis votos lejos de un oficio que nunca sentí (siento) del todo propio, y cuya efeméride me provoca más reparos que algún tipo de sensación parecida al orgullo profesional.

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* Por ejemplo, «No son los 10 mil, 15 mil o 20 mil ejemplares más de venta (lo que estimula nuestro periodismo), sino algo mucho mayor: nuestra identidad, el no ser reducibles a una ideología, a un interés y ni siquiera a los afectos», o «Nuestro ser se sintetiza simplemente en empoderar a las redacciones aun al precio de perder amigos (y mucho más)».

** De un tal Juan Manuel: «Banco a morir al señor Fontevecchia. Pero Lanata también es un periodista con códigos. Hoy la prensa debe estar unida; sólo así podremos derrotar un gobierno cargado de corrupción».

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