El nombre

A fines de marzo Arturo Puig estrenó la adaptación local de la obra de teatro original. Un mes más tarde, la versión cinematográfica hecha en Francia llegó a nuestras salas, que siguen exhibiéndola tal vez con la intención de aprovechar una infrecuente oportunidad de comparación. De esta manera, El nombre se presenta por partida doble en Buenos Aires, particularidad favorable en términos de promoción.

Quizás porque le prestaron especial atención a esta convivencia entre versiones, la mayoría de nuestros críticos pasaron por alto un antecedente reciente inevitable a la hora de apreciar (mejor) las virtudes de la película Le prénom: Un dios salvaje de Roman Polanski. Por lo pronto, ambos largometrajes coinciden en desenmascarar con sorna la corrección política de la burguesía primermundista, a partir de la crónica en tiempo real de un fallido encuentro social entre cuatro o cinco personajes según el caso.

La elección del living como escenario principal -casi único- donde se desarrolla la acción, el privilegio acordado al duelo verbal entre los protagonistas, el foco puesto en la (des)articulación de alianzas circunstanciales conforman la estructura narrativa desde donde Alexandre de La Patellière y Matthieu Delaporte ahora -y Polanski antes- disparan con dardos de ideología explícita. La gran diferencia entre una y otra propuesta radica en la dosificación y combinación de los ingredientes que establece la receta.

El nombre supera a Un dios salvaje al menos por tres razones fundamentales. Primero porque se basa en un guión más atrevido e ingenioso: atrevido porque aborda temas urticantes como el alcance representativo de Adolf Hitler o las dificultades de reconocer la condición homosexual de un amigo como una realidad posible, e ingenioso por el arte con el que La Patellière y Delaporte dominan el discurso de cada personaje (la sola introducción de la historia, es decir, la crónica del trayecto que hace un motoquero para entregar una pizza a la escena central anuncia esta destreza retórica superior a la de Polanski). 

En segundo lugar sobresalen las interpretaciones. En efecto, Patrick Bruel, Valérie Benguigui, Charles Berling, Guillaume de Tonquedec y Judith El Zein conforman un elenco mucho más sólido que aquél desestabilizado por la lamentable sobreactuación de Jodie Foster.

En tercer lugar, resulta inmejorable la excusa que La Patellière y Delaporte pergeñaron como disparador del enfrentamiento entre sus criaturas. Además de inspirar la serie de especulaciones que ponen en evidencia el doble discurso de la clase acomodada (tanto de sus integrantes progres como de los conservadores), la elección del nombre de un niño por nacer aparece como elemento fundacional de esta misma burguesía parodiada -eso sí- con un dejo de indulgencia y, porqué no, con cierto cariño.