Deshora, de Barbara Sarasola-Day

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Especial. Cobertura BAFICI 2013
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Bárbara Sarasola-Day participa de la competencia nacional del BAFICI con una opera prima cuyo comienzo evoca el cine de Lucrecia Martel. De hecho, la ambientación de Deshora en una chacra del interior salteño y el disparador narrativo que supone la llegada de un pariente lejano (prácticamente desconocido) a este hogar conformado por un matrimonio en crisis parecen prometer, un poco a la manera de La ciénaga o de La mujer sin cabeza, la eclosión de un drama íntimo que pondrá de manifiesto algunas taras de la clase social a la que pertenecen los protagonistas. Sin embargo, la eventual influencia marteliana se diluye a medida que el largometraje avanza, y desaparece del todo cuando se empecina en sobredimensionar la naturaleza disruptiva del tercero en discordia.

Los espectadores nos asomamos a la cotidianeidad de Ernesto y Helena a través de los ojos de Joaquín, cuyo acento extranjero y anatomía joven anuncian desde el principio su misión perturbadora en esta historia. Durante la primera mitad del relato, Sarasola-Day sabe retratar la tensión entre los personajes en un contexto de violencia contenida, es decir, admitida en circunstancias específicas como una práctica de tiro y una riña de gallos.

Por su parte, el siempre enérgico Luis Ziembrowski, María Ucedo (por fin a cargo de un rol protagónico) y el desconocido por estas tierras Alejandro Buitrago encuentran las medidas justas para expresar distintos matices de deseo, pasión, resentimiento, vergüenza, conflicto. Esta otra directora salteña también sigue a sus actores con una cámara tan atenta a los pequeños gestos como a la representación sexual de vínculos (auto)destructivos.

El único gran defecto de Deshora radica en la aparente necesidad de sorprender al público y, con este objetivo en mente, en la imposición de una vuelta de tuerca artificiosa que roza la caricatura, y que por lo tanto atenta contra la maduración del relato. A partir de este paso en falso, las virtudes de un comienzo prometedor pierden consistencia y ceden espacio a un ejercicio narrativo menor sobre un despertar sexual contrariado.

Justo en ese punto la imaginada influencia de Martel desaparece por completo.