Noche, de Leonardo Brzezicki

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Especial. Cobertura BAFICI 2013
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Cuesta encontrar en Noche las cualidades que Violeta Bava enumera en la sinopsis publicada en la ficha web de este largometraje suscripto a la competencia nacional de la 15ª edición del BAFICI. Los espectadores insensibles a las supuestas virtudes de Abrir puertas y ventanas de Milagros Mumenthaler y de Los salvajes de Alejandro Fadel tampoco sabrán valorar la opera prima de Leonardo Brzezicki, que curiosamente replica taras de estas dos predecesoras a simple vista sin conexión.

Como Mumenthaler, Brzezicki parece recrear una suerte de cámara Gesell bucólica a través de la cual podemos asomarnos a los sentimientos encontrados que provoca la muerte de un ser querido (en este caso un amigo). Da la sensación de que, en lugar de filmar a personajes sufrientes, angustiados, culpógenos, melancólicos, estos directores pretenden filmar el sufrimiento, la angustia, la culpa, la melancolía. De ahí la proliferación de lugares comunes tanto a nivel visual como discursivo.

Las letanías sobre la tirria que provocan las vacas, el intercambio de palabras sobre el advenimiento del amanecer/anochecer, las acusaciones sobre las ausencias/presencias en el momento exacto del fatídico deceso provocan tanto hastío como la canción que dos amigos improvisan al aire libre con un mini-sintetizador y la ecléctica colección de sonidos grabados que el fallecido Miguel dejó a modo de despedida. Este último recurso pretendidamente original resulta tan artificioso como los parlamentos trillados, los primeros planos de actores en pose permanente y las dos o tres escenas sexuales concebidas en tanto descarga de la tensión anímica que sufren los personajes.

Como Fadel, Brzezicki convierte el entorno agreste (en este caso los alrededores de una casa de campo en Entre Ríos) en escenario ideal para liberar fantasmas de la psiquis humana. Esta elección narrativa termina de hundir Noche en el pantano del estereotipo cinematográfico.