Call girl, de Mikael Marcimain

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Especial. Cobertura BAFICI 2013
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Con Call girl, Mikael Marcimain nos retrotrae a la Suecia de fines de los ’60 para contarnos una historia verídica que atenta contra la condición ejemplar de ese país, e incluso contra la reputación del recordado primer ministro Olof Palme. El relato de los entretelones del funcionamiento de un servicio de prostitución concebido para hombres encumbrados en las altas esferas del poder y la crónica de la investigación policial que procuró incriminar a la clientela VIP se entrecruzan para denunciar el gusano alojado en la manzana reluciente que promocionan las imágenes televisivas de ABBA y la cobertura mediática de una campaña electoral cuyos candidatos se pelean por reconocerles más derechos a la mujeres.

El director nos traslada de a poco a un contexto de aparente perfección donde el Estado de bienestar se preocupa especialmente por los adolescentes, por ejemplo, asegurándoles acceso gratuito a preservativos y destinándolos a hogares realmente contenedores cuando presentan problemas de conducta. A priori, parece inspirado en las películas de terror que empiezan por sumergirnos en un medio en principio apacible y reconfortante para luego confrontarnos con una realidad insoportable.

Call girl se concentra sobre todo en la experiencia pesadillesca que vive la adolescente Iris Dahl cuando conoce a la madama Dagmar Glans (interpretada por Pernilla August, la actriz que encarna a Shmi Skywalker para sorpresa de los seguidores de La guerra de las galaxias) y se convierte en una de las menores inducidas al ejercicio de la prostitución. La condición de víctima múltiple de la protagonista (víctima del abandono familiar, del proxenetismo, de una clientela impune y de un Estado por momentos incompetente, por momentos cómplice) se convierte en eje narrativo principal.

En este sentido, la propuesta de Marcimain es mucho más que un thriller político y policial. También presenta un alegato en contra de la indefensión y estigmatización de los individuos (en este caso dos menores) chupados de una u otra manera por las redes de prostitución, y por lo tanto en contra de la connivencia estatal cuando la clientela involucrada ocupa altos cargos públicos.

Ante esta observación algunos espectadores encontrarán ciertos puntos en común entre Call girl y la inolvidable L’Apollonide. Souvenirs de la maison close, del francés Bertrand Bonello.

Marcimain prescinde del morbo a la hora de describir la rutina laboral de Iris y su amiga Sonja, y sin embargo consigue provocarnos la sensación de estar navegando aguas putrefactas. Se destacan especialmente las actuaciones de la mencionada August y de las chicas Sofia Karemyr y Josefin Asplund. Por otra parte impresiona la reconstrucción de la Suecia de antaño, tan aparentemente civilizada como profunda e irreparablemente corrupta.