Idiosincrasia argentina; delicias de la libertad

«Delicias de la libertad» podría titularse el chiste de Quino que se esconde detrás de esta imagen, a un clic de distancia.

«Yo pagué la entrada y hago lo que se me canta el culo», me contestó el sábado antepasado una espectadora cincuentona cuando, una vez terminada la función, le reproché su verborragia durante toda la proyección de la última película de Wes Anderson. El preclaro argumento enseguida me retrotrajo a un cruce de palabras similar, que ocurrió cinco años atrás en el mismo cine de Belgrano y apenas finalizada Una novia errante de Ana Katz: otra señora con incontinencia verbal, docente según aclaró luego, me respondió: «vivimos en democracia, así que hablo todo lo que quiero y cuando quiero».

En síntesis, la libertad absoluta aparece como un derecho irrestricto que los argentinos probos -«las buenas conciencias» según Carlos Fuentes– ejercen y defienden a rajatabla, sin reconocer al otro que también paga y que (también) vive en democracia. Si son así con sus pares, resulta lícito imaginarlos todavía más prepotentes con ciudadanos insolventes y de segunda (los argentinos estamos al tanto de que hay compatriotas más iguales que otros).

La confusión entre poder adquisitivo y poder a secas es proporcional al grado de (a)simetría de la relación con el otro. A mayor vulnerabilidad del interlocutor, mayor reivindicación de una suerte de «derecho a todo», superior a cualquier ley/norma/regla, incluidas consignas tan básicas como guardar silencio en una sala donde se desarrolla alguna actividad cultural -proyección cinematográfica, obra de teatro, concierto, conferencia- con público presente.

Y si ninguna ley, norma, regla, consigna puede limitar la (in)conducta de estos compatriotas presuntamente privilegiados, menos aún la sola presencia -ni hablar de los derechos- de los demás, sobre todo cuando éstos ni siquiera encajan en la exclusivísima categoría de «semejantes».

Las pretensiones de algunos ciudadanos/consumidores argentinos son mucho más reducidas. Yo, por ejemplo, pago una entrada para ver cine en condiciones que me resultan superiores a la experiencia de las funciones domésticas. Me refiero a una mejor calidad audiovisual y demás ventajas de las proyecciones en una sala a oscuras, insonorizada, con pantalla grande.

Nada de esto significa hacer «lo que se me canta el culo» o «todo lo que quiero y cuando quiero». Probablemente por eso no merezco el respeto de los acérrimos defensores de la libre democracia y el libre consumo. 

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PD. A propósito de este ejercicio de desahogo tardío recomiendo, además del chiste de Quino, la lectura de «La libertad del fuerte, y la del débil», contratapa que Sandra Russo publicó días atrás en Página/12.