La flecha de la Historia

Por un momento –pido perdón– rompo mi costumbre de no transcribir ni aburrir con citas. Tomo el libro Lecciones sobre la filosofía de la historia universal de Friedrich Hegel (traducción de José Gaos, edición de 1980) y leo que nosotros seríamos el producto de indios inferiores en todo y sin historia (página 169), de negros en estado de naturaleza y sin moral (p. 177), de árabes, mestizos y aculturados islámicos fanáticos, decadentes y sensuales sin límites (p. 596), de judíos cuya religión les impide alcanzar la auténtica libertad (p. 354), de algunos asiáticos que apenas están un poco más avanzados que los negros (p. 215) y de latinos que nunca alcanzaron el período del mundo germánico, ese «estadio del espíritu que se sabe libre, queriendo lo verdadero, eterno y universal en sí y por sí» (p. 657).

Era natural que Hegel considerase que los latinoamericanos no teníamos historia sino «futuro», pues para él nuestra historia comenzaba con la colonización, que nos había puesto en el mundo. El pasado de los pueblos colonizados no era nada, por ajeno al avance del «espíritu» (entiéndase esta traducción del sustantivo alemán Geist en tanto espíritu de la humanidad como potencia intelectual).

La idea que Hegel tenía de América Latina provenía claramente de (Georges Louis Leclerc, conde de) Buffon, que escribió muchos tomos de historia natural mientras cuidaba los jardines reales. Para este conde jardinero éramos un continente en formación, como lo probaban los volcanes y los sismos (suponemos que ahora diría que Islandia está en formación).

Como las montañas corrían al revés (es decir de Norte a Sur en vez de hacerlo correctamente, de Este a Oeste, como en Europa), cortaban los vientos y todo se humedecía pudriéndose. Por eso había muchos animales chicos y ninguno grande y todo lo que se traía se debilitaba, incluso los humanos. Para Buffon, en América toda la evolución estaba retardada.

El etnocentrismo de Hegel legitimaba el colonialismo y abría el camino de los «grandes relatos» con centro en Europa. Desde esta perspectiva, los territorios extraeuropeos poblados por salvajes podían ser ocupados porque eran peligrosos para el «espíritu». Colonizarlos era el modo de introducirlos en la Historia, de llevarles dicho «espíritu».

Es claro que el «espíritu hegeliano» avanzaba en la Historia como dominación colonial en lo planetario y al mismo tiempo como dominación de clase en lo interno. Más que un espíritu parecía un monstruo que arrasaba con todo en su avance masacrador, y que además arrojaba a los sobrevivientes a la vera del camino de expoliación mundial: indios, negros, árabes, judíos, latinos, asiáticos. O sea, a las culturas sin acceso a la claridad de Hegel, que se sentaba complacido en la punta de la flecha de la Historia, posición harto incómoda por cierto.

Eugenio Raúl Zaffaroni
La cuestión criminal, cap. 6.
Julio de 2011

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PD. Aquí figura toda La cuestión criminal, capítulo por capítulo.
PD‘. Numerosos muros facebookianos replican hoy el afiche que ilustra este post, no así las páginas del libro aquí citado.