Infancia clandestina

Como la mexicana El premio y la brasileña El año en que mis padres se fueron de vacaciones, Infancia clandestina reconstruye no tanto sucesos sino sensaciones registradas en (verdaderos) tiempos dictatoriales desde la experiencia y el entendimiento de un chico. Al igual que sus antecesoras, la película del argentino Benjamín Ávila* -que Distribution Company estrenó el jueves pasado y que el Festival de Cine UNASUR premió dos días después– confía en la percepción de una mirada virgen pero irreductible a una aproximación inocente.

La particularidad de esta ficción inspirada en hechos reales radica en el propósito de retratar la vida cotidiana de una familia comprometida con la resistencia armada. A diferencia de Ceci y Mauro, Juan convive con sus padres enrolados en Montoneros (y convocados para llevar adelante la contraofensiva proclamada por los líderes de la agrupación). Aquí, el exilio es sólo un instancia inicial del relato concentrado en la experiencia de doble identidad.

En este sentido, algunos espectadores recordarán dos películas que casualmente protagonizó el entonces adolescente River Phoenix: Espías sin rostro de Richard Benjamin y Al filo del vacío de Sidney Lumet. Salvando las distancias de género e intención con el trabajo de Ávila, estos films norteamericanos también recrearon las vivencias de un hijo de padres «subversivos» según el léxico militar: en el primer caso, miembros encubiertos de una célula dormida de la KGB y en el segundo, terroristas fugitivos.

Infancia clandestina también vuelve a distinguirse de sus predecesoras latinoamericanas cuando cuenta la historia de un primer amor que atraviesa e intensifica los secretos relativos a la doble vida del protagonista y su familia. El recurso narrativo contribuye a la apertura de un espacio de reflexión que invita a discutir la decisión de abrazar la lucha armada cuando se tiene hijos pequeños (la pelea entre la madre que encarna Natalia Oreiro y la abuela a cargo de Cristina Banegas sintetiza los argumentos del debate).

Las actuaciones y la ausencia de golpes bajos -gracias a la intervención del formato historietístico- son las dos grandes virtudes de un largometraje que conmueve profundamente a quienes reconocemos (y nos preocupa) la relación entre aquel pasado reciente y nuestro presente. Como ante El premio y El año en que mis padres… aquí también cabe celebrar especialmente las interpretaciones de los chicos: en este caso Teo Gutiérrez Romero y Violeta Palukas se desenvuelven ante cámaras a la altura de los adultos Ernesto Alterio, César Troncoso y las mencionadas Oreiro y Banegas.

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* La escribió y dirigió Ávila; la produjo Luis Puenzo.