La derecha argentina en su closet

A diferencia de la derecha extrema, la derecha centrada rara vez se reconoce públicamente como tal en nuestro país. Es más, quienes entienden el mundo desde esa perspectiva pegan un respingo ante cualquier pedido de definición o aclaración: o bien lo descalifican en nombre del «fin de la Historia» que Francis Fukuyama sugirió dos décadas atrás («la dialéctica derecha-izquierda dejó de existir hace rato» suelen afirmar con cierto gesto de superioridad); o bien lo interpretan como una actitud ofensiva («¿estás acusándome de nazi/facho/falangista?», preguntan al borde del escándalo); o bien lo consideran una proyección inconsciente del interpelador («el verdadero nazi/facho/falangista sos vos», retrucan sin dudar).

Proveniente del ámbito gay, la metáfora del closet o armario encaja muy bien en el contexto de las discusiones políticas cotidianas, de ésas que se dan entre parientes, amigos, compañeros de clase/trabajo y en las redes sociales entre perfectos desconocidos. Por un lado, estamos quienes admitimos ser peronistas de izquierda, kirchneristas, psicobolches, progresistas, socialistas, trotskistas, comunistas, anarcos o «de izquierda» a secas. Por otro lado, están quienes argumentan en nombre de «la patria», «la democracia», «la libertad», «la justicia», «la honestidad», «la seriedad», «el liberalismo» y demás sustantivos presuntamente neutros (vaciados de contenido, en realidad).

Los más osados se proclaman cercanos al «peronismo disidente«, al radicalismo, al PRO y/o a algún referente: Eduardo Duhalde, Gerardo Morales, Mauricio Macri, Francisco de Narváez, Juan Carlos Blumberg, Cecilia Pando, Jorge Bergoglio, Hugo Biolcati. En cambio, es realmente excepcional escuchar a algún compatriota decir que comulga con el pensamiento de derecha.

En el discurso de estos conciudadanos, la ideología y la expresión e intencionalidad políticas aparecen como fenómenos reprobables que describen a un otro despojado de todo espíritu crítico, y por lo tanto sometido a alguna doctrina y/o forma nefasta de militancia. Negar la condición «de derecha» (admitamos los adjetivos «derechoide» o «derechoso» sin su connotación peyorativa) contribuye a sostener el ideal de neutralidad que convierte en verdades reveladas a meros análisis, diagnósticos, pronósticos.

Exigir (más) mano dura para combatir la delincuencia; confundir trabajo social con asistencialismo o clientelismo; negar la legitimidad y representatividad de un gobierno considerado «populista» (léase «demagógico»); equipararlo a una diKtadura (porque enfrenta a las corporaciones mediáticas y porque regula variables económicas como el flujo de importaciones, el cambio a moneda extranjera y las compras realizadas con tarjeta de crédito en el exterior); demonizar las clases bajas y a los inmigrantes provenientes de los países limítrofes; entender que el reconocimiento de derechos a minorías hasta ahora marginadas significa un paso hacia la anomia social son algunas de las convicciones que conforman el pensamiento de nuestra derecha vernácula.

Ya que en principio resulta tan fácil sacarle una radiografía, ¿por qué pretender que salga del closet y se presente como tal?

Si reconocieran abiertamente su condición, los argentinos de derecha le harían un gran favor a la pluralidad de voces que dicen respetar y defender. Primero, porque contribuirían a superar el remanido duelo retórico que, por un lado, reduce el espectro de la ideología zurda al montonerismo y stalinismo y, por otro lado, reduce el espectro de la ideología conservadora al fascismo, nazismo, falangismo. Segundo, porque propiciarían discusiones más honestas: una vez aclarado el lugar desde donde hablamos, podemos reconocer los orígenes de nuestras diferencias y los límites de un posible acuerdo.

Los fotomontajes ofensivos que suelen circular por Internet contra Cristina Fernández de Kirchner (la tapa que la revista Noticias le dedicó a la Presidenta de la Nación es menos original de lo que parece cuando recorremos algunos muros de Facebook) y el cacerolazo-movilización del jueves pasado incrementaron los cruces de palabras entre quienes reconocemos la legitimidad del actual Gobierno nacional y quienes no sólo la cuestionan sino que reclaman un fin de mandato anticipado. Así como cuando el lock out agrario, o cuando la aprobación de la ley de medios, o cuando la muerte de Néstor Kirchner años atrás, ahora también la derecha nacional muestra uñas y dientes… pero curiosamente sigue negando o desmintiendo su identidad.

Al parecer, el closet o armario la protege de la despreciada y perturbadora política antes que del menos temido «qué dirán».

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PD. La gente de la MAK fue precursora en materia de closet político cuando en julio de 2011 alentó a los peronistas no asumidos a «salir del placard«.