La máquina que hace estrellas

Tras la postergación veraniega que se extendió más de seis meses, La máquina que hace estrellas llega el próximo jueves a la cartelera porteña. La espera valió la pena sobre todo para quienes creemos que nuestro cine también es capaz de hacer buenas películas animadas para chicos. Dicho esto, conviene aclarar que la propuesta en 35 mm y 3D de Esteban Echeverría fue concebida para consumo internacional: es posible entonces que los compatriotas chauvinistas sientan cierto desencanto ante un producto nacional que sin embargo carece de marcas narrativas y/o estéticas de argentinidad.

Que Pilo y su entorno hablen como los dibujitos proyectados en Cartoon Network o Discovery Kids es la mayor desilusión en este sentido. El problema no es tanto el uso del español neutro (es entendible la prescindencia del castellano rioplatense en una producción que pretende comercializarse en el mundo globalizado) sino el tonito híbrido que identificamos como «latinoamericano» pero que en realidad dista de tener identidad regional.

El desencanto inicial disminuye a medida que nos compenetramos con esta historia ambientada en otros planetas. Después de todo, estamos acostumbrados a que fuera del planeta Tierra se hable inglés o esa rara combinación entre mexicano y portorriqueño.

La máquina que hace estrellas aporta un ingrediente original a las fábulas de autosuperación que suponen dos grandes desafíos: resolver un conflicto generado por algún villano y recuperar/rescatar a un padre o madre ausente. Aquí la clave se encuentra en la textura poética de la misión que abraza el protagonista, y que consiste en devolverle la luz al espacio exterior.

También cabe señalar la relevancia asignada al relato oral dentro del relato cinematográfico, es decir, al talento de Pilo para narrar la epopeya de sus antepasados y su aventura personal. Este detalle es encomiable en una época donde los chicos presentan dificultades a la hora de imaginar y contar historias (son cada vez más receptores y menos emisores).

Se nota la influencia de la industria hollywoodense en el trabajo de Echeverría. Por ejemplo, el malvado tiene la cabeza hipertrofiada como Megamente y el autómata 19 recuerda a los robots que Chris Wedge y Carlos Saldanha dirigieron en 2005 para la Twentieth Century Fox Animation.

Sin embargo, La máquina que hace estrellas tiene personalidad propia. En definitiva esto es lo que importa en un país donde la animación es un rubro incipiente pero que, también con la ultra promocionada Metegol de Juan José Campanella, parece listo para arrancar.