Historias que sólo existen al ser recordadas

Historias que sólo existen al ser recordadas es una hermosa fábula sobre la relación del ser humano con el tiempo y la memoria. Aquí ni la vejez ni la muerte son sinónimos de decrepitud: al contrario ambas conviven plácidamente aún ante la irrupción de la juventud. Con este relato, la directora brasileña Julia Murat y la productora argentina Julia Solomonoff nos rescatan de nuestro entorno ultra tecnologizado y nos recuerdan el placer que solíamos sentir cuando escribíamos cartas (a mano), cuando sacábamos fotos (que revelábamos sin intención de mostrar online), cuando alguna vez amasamos pan.

El ficticio Jotuomba representa a los pueblos latinoamericanos que hasta Dios abandonó tras el desguace de nuestras precarias redes ferroviarias. De hecho son las vías muertas las encargadas de conducir/presentar a la lacónica Madalena, y de propiciar la convivencia inesperada con Rita.

Sonia Guedes y Lisa Fávero componen sus personajes con delicadeza y sensualidad. La primera encarna la belleza, experiencia e impunidad propias de la madurez libre de liftings y de las lecciones de psicología barata que imparten las revistas femeninas. La segunda expresa la contradicción existencial de los jóvenes incómodos en su contemporaneidad y nostálgicos de épocas anteriores que desconocen y que sin embargo creen añorar.

La fotografía es la tercera gran protagonista de esta fábula intergeneracional, no sólo en tanto testimonio del pasado y porque captura momentos del presente narrativo, sino como agente de cambios decisivos en aquel ayer y en este hoy. El trabajo del director fotográfico Lucio Bonelli es determinante en este sentido, al superponer tiempos y escenografías mediante la combinación de colores sepias y tonos grises con el luminoso verde Brasil.

Historias que sólo existen… pertenece, además, a ese extraordinario grupo de películas perfumadas. Por lo pronto algunos espectadores creemos percibir el aroma del pan que Madalena hornea en su cocina así como la fragancia de las flores que crecen en la entrada del cementerio, del café que prepara Antonio, de la feijoada que el padre Josias bendice cada mediodía.

Dueña de una notable fuerza poética, la propuesta de Murat y Solomonoff es tan sensorial como parte de nuestra memoria y tan conmovedora como el paso del tiempo. Se estrena hoy en el cine Gaumont; a no dejarla pasar.