¿Quién quiere casarse con mi hijo?

Si bien estamos acostumbrados a la importación de reality shows, algunos televidentes argentinos pensamos que ¿Quién quiere casarse con mi hijo? es digno producto de nuestra TV machista. En este sentido, el programa que Telefé presentó ayer jueves a las 22.15 (y cuyo segundo episodio se emitirá el lunes próximo a la misma hora) es revelador en tanto confirma la responsabilidad de la mujer -sobre todo de las madres- en la reproducción de lo que podríamos denominar «hombre-bonsais»: individuos de sexo masculino cuyo desarrollo madurativo se ha detenido en la adolescencia, y que pretenden una novia y futura esposa tan proveedora/consentidora como la mamá.

En realidad, la novedad que conduce Catherine Fulop también existe en Francia, país menos «macho» que el nuestro pero no exento de casos con un complejo de Edipo mal resuelto. Es más, los casi 77 mil seguidores que la versión gala tiene en Facebook sugieren el potencial universal de la propuesta.

¿Quién quiere casarse con mi hijo? le agrega un tour de force morboso a la premisa romántica de The bachelor. Aquí el príncipe en busca de su princesa cuenta con el asesoramiento directo (e insistente) de su progenitora. Ésta participa activamente de la selección, tanto que condiciona la conducta conquistadora del vástago y somete a las candidatas a distintas pruebas.

Máxima y Nacho conforman la pareja (sí, el protagonismo acordado a madre e hijo coquetea con cierto fantasma incestuoso) que anoche inauguró el reality. Los comentarios sobre su participación catódica, sobre las chicas entrevistadas, sobre el desafío de encontrar a la esposa/nuera ideal constituyen el patético retrato de nuestra idiosincrasia más tilinga.

Las mujeres preseleccionadas también cumplen con los roles que fija la cultura machista: el gato, la posesiva, la hacendosa, la calculadora, la indomable. Todas acatan exigencias estéticas dignas de la televisión tinelliana y de una estrategia publicitaria orientada a la promoción de spas y centros de belleza.

La gran mansión donde tiene lugar el proceso de selección, las intervenciones de Fulop como anfitriona y moderadora (una especie de hada madrina encargada de velar por el bienestar de la dupla protagónica), las esperanzas depositadas en el ideal de amor perfecto, la capacidad de decisión atribuida al hombre y compartida con una madre influyente (por no decir tirana) indican que ¿Quién quiere casarse con mi hijo? dista de ser una propuesta original.

«Nada se pierde, todo se transforma», dictan las leyes básicas de la física… y, evidentemente, del entretenimiento masivo.