Batman. El caballero de la noche asciende

Algunos de los espectadores que asistieron al estreno de Batman. El caballero de la noche asciende en la localidad estadounidense de Aurora creyeron que el ataque perpetrado por James Holmes formaba parte de un acting previo a la proyección de la película de Christopher y Jonathan Nolan. El trailer promocional, además de las batientregas anteriores, los habrán preparado para admitir la posibilidad de que la ultraviolencia encarnada en el malvado Bane traspasara la pantalla grande y atentara contra ellos también, ciudadanos tan indefensos como los de Gotham City. Después de todo, los adaptadores cinematográficos (y seriales) de las historietas de DC y Marvel se especializan en recordarnos el origen real del terrorismo que explota la ficción.

Según el guión que los hermanos británicos redactaron con David Goyer (el trío también escribió Batman inicia y Batman, el caballero de la noche), hay algo peor que la creciente concentración económica en manos de empresarios insaciables, que las estafas a gran escala lanzadas desde Wall Street, que la implementación de un sistema de prisionización reproductora en nombre de la seguridad, que la corrupción enquistada en las altas esferas de un poder inasible e incontrolable: la irrupción de algún agente subversivo.

Los Nolan y su co-equiper juegan entonces a denunciar la ambición patológica de megaempresarios como Daggett o la perversión institucionalizada de la CIA (cuyos integrantes no dudan en reeditar nuestros vuelos de la muerte) para luego arrojarnos al abismo de la anarquía más destructiva y por lo tanto temible. En este contexto de caos total, la pretendida revolución se revela como proclama falsa en boca de un demente apátrida que parece haberle robado consignas al movimiento de indignados, por ejemplo «háganse cargo de su ciudad» o «díganle basta al poder que los subyuga desde siempre».

Nada mejor que un enemigo externo -de paso extranjero- para minimizar los crímenes del capitalismo salvaje. Mientras domina Ciudad Gótica, Bane representa la versión oscura del tirano que Larry Charles y Sacha Baron Cohen parodian en El dictador (otra vez nos topamos con la fórmula hollywoodense de la villanía for export): como el General Aladeen, el flamante archienemigo de Batman usa uniforme, se arma hasta los dientes, implementa juicios sumarios y anula todo intento de resistencia con la amenaza nuclear.

Ante semejante panorama, la delincuencia de Ciudad Gótica se convierte en un mal menor, casi anecdótico. Como bien reconoce el alcalde en el discurso que pronuncia en homenaje a Harvey Dent, «el crimen es inevitable».

Lo que sí hay que erradicar sin miramientos es todo intento de sublevación. Si hasta la inescrupulosa Gatúbela da marcha atrás cuando asiste a los destrozos de la «tormenta» que ella misma predijo e incluso deseó.

Dos horas y cuatro minutos resultan excesivos para una versión tan reaccionaria del alter ego de Bruce Wayne, (anti)héroe que algunos nostálgicos identificamos como una de las creaciones menos complacientes de la historieta norteamericana. Por momentos nos distraen los efectos especiales (la escena del avión secuestrado es tal vez una de las mejores), los nuevos chiches que inventó Lucius Fox, las intervenciones sensibleras de Alfred, las réplicas feministas de Selina/Catwoman, la promesa de un Robin más creíble que el de Chris O’Donnell. Pero los trucos visuales y narrativos de los Nolan no consiguen concretar el tan publicitado ascenso (a lo sumo el hombre murciélago habrá sido promovido a «empleado del mes» de la industria del entretenimiento en general y de la Warner Brothers en particular).

Al contrario, el caballero de la noche se limita a sobrevolar al ras de la tierra una misma interpretación mediática de nuestra actualidad: aquélla obsesionada con un único tipo de terrorismo y delincuencia que sólo la mano dura y la tolerancia cero pueden erradicar. Ante la duda, basta con imaginar qué haría en la ficción el Batman de Nolan con James Killer Jocker Holmes.