Todo queda en familia

Nuestra vida está muy determinada por nuestros empleadores, familia, Iglesia, Estado, medios de comunicación y dinero. Parece que lo único que resta susceptible de cambio es la persona con quien compartir nuestra cama.

Hoy en día, los adúlteros reemplazan a los bandidos de ayer: los revolucionarios, rebeldes y visionarios. Según los sociólogos, la emoción de la rebelión, el dulzor de romper las reglas, y el peligro de cruzar hacia lo desconocido queda reducido a una aventura llamada adulterio».

Las notas del director Rajko Grlic sobre su película Todo queda en familia* prometen tanto como la expectativa de asistir a una producción de origen serbio (acontecimiento excepcional en nuestra cartelera porteña). La experiencia resulta agradable aún para quienes lamentamos cierto subrayado melodramático en el guión que el realizador escribió con Ante Tomic.

El largometraje que desembarca en nuestras salas mañana jueves posee otro atractivo además de su procedencia y del retrato crítico que le dedica a la burguesía: la actuación de Miki Manojlovic, cuyo rostro evocará en algunos cinéfilos el recuerdo de Papá salió en viaje de negocios y Gato negro, gato blanco de Emir Kusturica y Tiempo de milagros de Goran Paskaljevic.

La relación entre dos hermanos varones de edad madura que acaban de perder a su padre es la base sobre la cual Grlic (de)construye el edificio de una familia burguesa serbia. El vínculo entre hombres y mujeres también sirve de estructura para una historia que intercambia roles entre esposos, amantes, hijos y cuñados, y que aborda con sentido del humor los (des)encuentros afectivos en nombre del sexo y el amor.

Desde esta perspectiva, Todo queda en familia es una película menos local de lo que algunos espectadores imaginamos. Salvo por el reproche de Braco a Nicola (porque éste emigró a los Estados Unidos mientras aquél resistió en su país la llamada «guerra de Bosnia») y algún plano que muestra ciertos síntomas de desigualdad social, las marcas del contexto serbio son escasas.

La comedia dramática de Grlic ofrece buenas actuaciones y un manejo diestro del intríngulis parental. Es una pena que un tono casi telenovelero se imponga en el último tercio del film (la banda de sonido carga las tintas en este sentido) porque empaña la mirada lúcida e irónica del director.

Aún así, ésta sigue siendo una propuesta recomendable para los cinéfilos atentos a los desórdenes familiares, en busca de estrenos excepcionales y para los memoriosos interesados en reencontrarse con Miki Manojlovic.

——————————————————————
* Las notas completas, al final de esta página.