El dictador, de Larry Charles

Esta Constitución no es más que una licencia para que compañías petroleras y demás intereses extranjeros destruyan mi amada Wadiya. Por lo tanto seguiremos siendo una dictadura.

[El anuncio provoca abucheos y lamentos en el público presente.]

Por favor, silencio…  ¿Por qué son tan anti-dictadores?

Imaginen una dictadura en los Estados Unidos… Podrían conseguir que la riqueza de todo el país quede en manos del uno por ciento de la población. Podrían contribuir al enriquecimiento de sus amigos ricos, reduciéndoles los impuestos y resarciéndolos cada vez que pierden dinero. Podrían ignorar la necesidad de salud y educación que tienen los pobres. Los medios masivos de comunicación parecerían libres pero en realidad estarían controlados por una sola persona y su familia.

Podrían intervenir teléfonos. Podrían torturar prisioneros extranjeros. Podrían arreglar elecciones y mentir sobre las razones de la guerra que están por declarar. Podrían llenar sus cárceles con integrantes de un único grupo racial y nadie protestaría. Podrían usar los medios de comunicación para asustar a la gente y respaldar políticas contrarias a los intereses populares»*.

El discurso del General Aladeen ante representantes de la ONU es la única pieza de humor irreverente que Larry Charles y Sacha Baron Cohen presentan en El dictador. Es cierto: están el guardaespaldas a cargo de John C. Reilly que ve a un árabe en todo individuo ajeno al american way of life, la escena en que el tirano de Wadiya reconoce al «consumidor americano medio» en un cartonero, y el entretelón de competencia desigual entre una cadena de comida orgánica y una cooperativa dedicada al mismo rubro. Pero la provocación más atrevida consiste en cuestionar la democracia made in USA.

Lamentablemente para algunos espectadores, la osadía dura poco más de un minuto. Salvo escasas picardías inocuas (la improvisación de nombres exóticos a partir de expresiones en inglés leídas de corrido o la interpretación fallida del diálogo absolutamente anodino que el protagonista y un ex funcionario mantienen en un city tour aéreo), los casi 82 minutos restantes ofrecen una serie de gags sexistas, homófobos, racistas que evocan la comicidad no sólo de Borat sino de cráneos autóctonos como Jorge Corona y Tangalanga.

En comparación con el título que Charles y Baron Cohen filmaron en 2007, El dictador revela una mayor intención de complacer al público anglosajón y anglófilo. De ahí la ridiculización de un tipo de villanía (aquélla inspirada en el concepto de «enemigo público nº 1») y en las figuras de Muamar Kadafi, Osama Bin Laden, Mahmud Ahmadineyad, Kim Jong-un. De ahí la explotación de estereotipos xenófobos que descalifican a quienes habitan y gobiernan países del Lejano y Medio Oriente (salvo Israel, por supuesto).

Si la proporción 1.17 / 81.83 minutos hubiera sido inversa, Baron Cohen no habría podido hacer de las suyas en la última entrega de los premios Oscar. A tono con la película de Larry, la travesura de Sacha en la alfombra roja estuvo más cerca de la broma de mal gusto que de una verdadera transgresión.

Cuando a fines de marzo pasado escribimos sobre la campaña de prensa destinada a promocionar El dictador, temimos la irrupción de alguna pieza gráfica o audiovisual que asociara esta película con El gran dictador. A días del anunciado estreno (el desembarco porteño se producirá el próximo jueves 19 de julio), debemos advertir que Charles y Baron Cohen fueron todavía más lejos al reeditar dos grandes estrategias narrativas del film de Chaplin: por un lado la intervención de un doble de cuerpo que provoca el conflicto disparador de la historia**; por otro lado la elaboración de un discurso final que en principio refuerza la intención subversiva del ejercicio satírico.

La (inevitable) comparación con el clásico de 1940 se limita a esos dos únicos elementos en común. De hecho, a Charles y Baron Cohen les falta el coraje, la coherencia ideológica y la creatividad de Chaplin; en parte por eso algunos espectadores cansados de las sátiras industriales y/o en serie *** sólo rescatamos una infimísima parte de El dictador.

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Curiosamente (o no), IMDb no transcribe el speech del General Aladeen en la sección reservada a las citas textuales de El dictador. La desgrabación y traducción de este parlamento es obra de Espectadores.

** La película española Espérame en el cielo también utilizó este truco para ridiculizar a Francisco Franco. Pepe Soriano fue el encargado de encarnar al Generalísimo y su doble Paulino Alonso en la ficción de Antonio Mercero.

*** Ya tuvimos suficiente con La pistola desnuda 1 y 2.