Imaginando el 9 de julio… de 2016

En cuatro años los argentinos festejaremos el bicentenario de la declaración de nuestra independencia. Si el secretario de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación cumple la promesa -o expresión de deseo- que anunció a principio de 2012, también celebraremos el saneamiento del Riachuelo.

Al margen de las chicanas inspiradas en el antecedente de los «mil días» en boca de María Julia Alsogaray, las declaraciones de Juan José Mussi invitan a imaginar un 9 de julio libre de contaminación. La idea es clara desde la perspectiva ecológica (la cuenca Matanza-Riachuelo por fin dejaría de ser un depósito de residuos domiciliarios e industriales), no así en términos históricos.

El concepto de «limpieza» adquiere una acepción nefasta en la discusión política e ideológica. En este contexto, verbos como «limpiar» o «barrer» significan «eliminar» o, dicho sin eufemismos, «exterminar». No por casualidad nuestra última dictadura militar definió como «guerra sucia» la práctica de perseguir/secuestrar/torturar/asesinar a presuntos agentes «de la subversión».

La Casita de Tucuman y el Riachuelo comparten un mismo escenario histórico.
– Fotomontaje de Espectadores –

Desde este punto de vista, la idea de un 9 de julio libre de contaminación resulta perturbadora. Primero por el daño que provocan las versiones higiénicas de la Historia oficial. Segundo porque un buen repaso del pasado nacional implica reconocer y estudiar las distintas capas de polvo que fueron acumulándose, tapándose, mezclándose con el tiempo.

La independencia de nuestro país es un tema irreductible a la fecha que conmemoramos este lunes feriado. Todavía hoy, a 196 años de aquel congreso en la Casita de Tucumán, muchos argentinos (sino la mayoría) seguimos preguntándonos por el alcance y la envergadura de nuestra capacidad de autodeterminación. Algunos nos ilusionamos con medidas gubernamentales que consideramos promisorias –la cancelación de la deuda con el FMI por ejemplo-; otros compatriotas lamentan vivir en un territorio cada vez más «caído del mundo» y/o alejado «de las naciones serias».

Esta queja suele esconder la añoranza por una vieja pertenencia perdida o nunca conseguida. «Perdida» para quienes quisieran recuperar nuestra condición de granero del mundo y así cumplir el rol que las grandes potencias nos asignaron tiempo atrás (recordemos este retrato norteamericano de la Argentina romántica). «Nunca alcanzada» para quienes están convencidos de que nuestro destino habría sido otro (mucho mejor) si hubiéramos sido colonia británica, y por lo tanto hoy mantuviéramos una relación privilegiada con nuestra madre Inglaterra y nuestros hermanos Estados Unidos, Canadá, Australia (excluyamos de la lista a los parientes africanos y asiáticos).

Ojalá el 9 de julio de 2016 celebremos el saneamiento del Riachuelo además del bicentenario de la declaración de nuestra independencia. Con suerte en ese entonces los argentinos sabremos distinguir entre la necesaria depuración ecológica y la nada recomendable higiene histórica.