Prometeo, de Ridley Scott

Los fanáticos de la ciencia ficción y/o de la literatura fantástica volvemos a llorar la muerte de Ray Bradbury tras ver la ultra publicitada Prometeo de Ridley Scott. Dicho esto, cuando recordamos que el autor de Crónicas marcianas falleció dos días antes del desembarco del megatanque en los Estados Unidos, encontramos consuelo en la ocurrencia de un destino piadoso que preservó al querido escritor norteamericano de una experiencia narrativa que desaprovecha, además de una idea interesante, las virtudes del género.

La campaña de prensa de esta producción giró en torno a la historia del proyecto, sobre todo al cambio de rumbo que sufrió el guión, primero concebido como precuela de Alien y luego transformado en algo «más grande» que la sola intención de contar los orígenes del octavo pasajero parido en 1979. La promoción de un largometraje sobre la búsqueda de -y eventual encuentro con- nuestros verdaderos creadores (presumiblemente extraterrestres y no divinos) parecía anticipar la presentación de una fábula con ribetes filosóficos y religiosos, digna de la mejor tradición futurista.

Sin embargo, la promesa de superación nunca se concreta: Scott no sólo termina recreando el nacimiento de aquella criatura mandibulosa y viscosa, sino que promete una próxima película sobre un nuevo enfrentamiento entre el ET y la highlander (con perdón del cruce cinematográfico) Elizabeth Shaw.

La dimensión filosófica/religiosa de la historia queda reducida a una serie de frases trilladas que intercambian la protagonista, su principal aliado Charlie y el robot David. La anécdota de la cadenita con un pequeño crucifijo que Elizabeth heredó del padre, y que logra recuperar luego de que el autómata la confisca para esterilizar, da cuenta de una capacidad alegórica limitada, ceñida a preceptos nada osados, mucho menos innovadores.

El personaje a cargo de Michael Fassbender oscila entre la reedición humanoide de HAL 9000 y la versión rubia, cínica y mucho más eficiente de Jaime. El actor germano-irlandés expresa muy bien la envidia y desprecio que David siente por la especie humana, pero su interpretación aporta poco al historial de personajes similares en el cine de ciencia ficción y no tanto.

Otra sensación de déjà vu… El embarazo interracial (o intergaláctico) de Show nos retrotrae a los años ’80, más específicamente al caso de Robin que engendró a Elizabeth en V, invasión extraterrestre. Nobleza obliga, los creadores de la serie televisiva entendieron la gestación como una oportunidad de pacificación/reconciliación mientras que los guionistas que trabajaron con Scott usaron el recurso para reforzar la naturaleza parasitaria de los aliens.

Quien no aporta nada a la historia de Prometeo es la Meredith Vickers de Charlize Theron. La intervención de la blonda actriz (que semanas atrás disfrutamos en Blancanieves y el cazador) sólo es entendible en términos, no narrativos, sino marketineros (para convocar a más espectadores).

Por último, la contratación de Guy Pearce para encarnar al anciano Peter Weyland dispara el interrogante hecho ante El curioso caso de Benjamin Button y otros films donde un actor joven encarna a una persona muy mayor: ¿por qué Hollywood no contrata a un profesional veterano (¿Kirk Douglas?) y de paso evita tamaña caricaturización de la vejez?

Prometeo evoca el recuerdo de Alerta solar. En aquella película estrenada en 2007, Danny Boyle embarcó a una tripulación de científicos en la nave Ícaro y les encomendó la misión de salvar a la Tierra de la escasez de luz natural. Las promesas de renovación del género se desintegraron igual que el astronauta Harvey cuando se acercó demasiado al sol; sólo los efectos especiales consiguieron disimular (un poco) los remiendos de una historia absolutamente previsible, más cerca del cine catástrofe que de la ciencia ficción.

Este antecedente de Sunshine sugiere que la crisis creativa de Hollywood en el rubro futurista es de larga data. La muerte de Ray y el regreso fallido de Ridley agravan la desolación que sentimos los amantes del género.