Caloi también fue padre de Bartolo

Mi abuela tenía poco sentido del humor, y sin embargo en su casa atesoraba algunos ejemplares de una serie de dibujitos en blanco y negro, cuyo título se me escapa: ¿Bartolo a secas?, ¿Bartolo y Clemente?, ¿Clemente y Bartolo?, ¿Clemente a secas? Lo que sí recuerdo es la impresión que me causaban sus dos protagonistas: un hombrecito conductor de tranvías y su compañero, un criatura rayada con patas y voz propia pero sin extremidades superiores (tampoco alas).

Todavía no había aprendido a leer. Aún así, me gustaba repasar cada cuadro y pretender que entendía los textos. En aquel entonces tenía la sensación de que aquel motorman descubría o se enteraba de «cosas» gracias a ese bichito único e irreductible a la condición de excéntrica mascota.

Bartolo fue el primer personaje de historieta argentina que conocí. Seguro me llamó la atención por encontrarlo parecido al tipito que a veces secundaba a La Pantera Rosa: chiquito, rellenito, narigón, medio caído del catre.

Su rostro se me apareció apenas supe que Caloi murió. Entre tanto homenaje que privilegia la figura del aún vigente Clemente, me permito reivindicar al otro «hijo de papel» del entrañable Carlos Loiseau que marcó mi infancia y -más notable aún- conquistó a mi abuela reticente.