El último Elvis

Los antecedentes de Secuestro y muerte en 2010 y Vaquero en 2011 deberían haber atenuado las expectativas que El último Elvis generó en tanto película elegida para inaugurar el BAFICI de 2012. Aunque aborda un tema interesante (la ilusión de encarnar y/o heredar una vida ajena), la opera prima de Armando Bo (que nuestra cartelera comercial estrenó a fines de abril) desencanta como sus antecesoras.

Es una pena que Bo y su co-guionista Nicolás Giacobone propongan un retrato superficial de Carlos Gutiérrez, su pasión y su entorno. El conflicto que supone cumplir con una suerte de mandato divino en un ambiente adverso merece algo más que la recreación de dos o tres discusiones con una ex pareja incapaz de acompañar, un recorrido rápido por las rutinas de quienes doblan a algún famoso, parlamentos redundantes sobre la relación entre la felicidad y la concreción de un gran sueño.

Salvando las distancias, resulta más elaborado el largometraje de Brian Cook sobre las desventuras del estafador que durante años se hizo pasar por (tal vez haya terminado creyéndose) Stanley Kubrick. El film británico bucea en el vínculo del protagonista con ese alter ego célebre que le da de comer pero que a la vez lo arrincona, e invita a preguntarnos por este ejercicio de apropiación donde cuesta distinguir entre víctima y victimario.

Algunos espectadores también le reprochamos a la película de Bo cierta previsibilidad (sobre todo a medida que se acerca al desenlace) y algunos giros narrativos poco creíbles. Por lo pronto, la intrusión final de Carlos suena inverosímil dadas las medidas extremas de seguridad que los norteamericanos mantienen en museos y demás espacios privados abiertos al público.

Sin dudas, John McInerny es un hallazgo por su talento para emular a Elvis Presley pero por momentos hace agua cuando recita sus parlamentos. Por su parte, Griselda Siciliani reedita mohines y tonos de su personaje catódico en Para vestir santos. El déficit actoral también le juega en contra a una idea prometedora pero desaprovechada a los ojos de algunos espectadores.