El pozo

Mientras el BAFICI sigue su curso, la cartelera comercial porteña estrena hoy jueves El Pozo, película de Rodolfo Carnevale (a no confundirlo con Marcos) que aborda la problemática del autismo. La ficción co-escrita con Nicolás Manservigi recrea las dificultades que enfrenta la familia de una joven víctima de este trastorno neurológico: primero en el plano de la convivencia y luego en el de la institucionalización.

Los legos en la materia creemos percibir indicios de asesoramiento profesional tanto en la elaboración del guión como en las actuaciones. Por encarnar a la chica autista, Ana Fontán habrá sido la más preparada en este sentido (la misma observación vale para Ezequiel Rodríguez, a cargo del también discapacitado Román).

Sin dudas, el mayor mérito de El pozo es el respeto por el tema tratado. En este sentido, el largometraje cumple con un objetivo pedagógico que bien vale celebrar, sobre todo semanas después del Día Mundial de Concientización sobre el Autismo (con escasa repercusión en nuestro país porque coincide con la conmemoración de la guerra de Malvinas).

El problema es que el tono docente se revela excesivo por momentos. Al menos así lo sentimos en los planteos que el hermano (Túpac Larriera) deja en su pequeño grabador, en la caracterización de la directora del instituto que interpreta Norma Pons, en la ocurrencia de representar las ausencias de Pilar como aventuras en una suerte de submundo de fantasía (algunos pensarán en una tímida reedición de Alicia en el país de las maravillas).

Dicho esto, el trabajo de Carnevale no deja de conmover, no sólo por la problemática abordada, sino por el compromiso evidente del elenco que también integran Eduardo Blanco, Patricia Palmer, Adriana Aizemberg, Dora Baret, Juan Palomino, Norma Argentina, Gustavo Garzón.

Decididamente, El pozo dista de ser una película apta para todo público. Quizás convendría presentarla no tanto en las salas comerciales sino en establecimientos educativos y, en el mejor de los casos, en la televisión.