The woman in the septic tank

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Especial. Cobertura BAFICI 2012
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El director Marlon Rivera y el guionista Chris Martínez se revelan dueños de un humor original, inteligente (y un tanto incómodo para algunos) en The woman in the septic tank, largometraje que compite en la sección internacional de la 14ª edición del BAFICI. Proveniente de Filipinas, esta sátira recrea las idas y venidas de dos jóvenes cineastas y una asistente de producción en torno a un proyecto pergeñado para concursar en festivales de renombre e incluso aspirar a algún premio Oscar (pretensiones indies o hollywoodenses, qué más da).

Vaquero de Juan Minujín es el primer título que se nos viene a la cabeza cuando buscamos antecedentes de un cine críticamente autorreferencial. Dicho esto, a diferencia del film que el actor argentino estrenó en el Festival de Buenos Aires del año pasado, la producción extranjera aquí comentada prescinde de cierto espíritu narcisista (más bien lo ridiculiza en la figura del realizador consagrado en La Mostra de Venecia e invitado al Festival de Mar del Plata, detalle encantador para nuestro público). Tampoco les teme a los extremos, es decir, a basar su humorada en realidades dolorosas.

Los cambios y retoques que los protagonistas deben hacerle a un guión de su autoría multiplican la intención de parodia según las actrices en mente para el rol principal, los distintos géneros aptos para encorsetar la historia en cuestión (docudrama, musical, telefilm con sabor a soap opera), los tres registros interpretativos que ofrece la estrella finalmente elegida para encarnar a Mila.

Los infaltables abogados del diablo señalarán la paradoja ética o moral de que una película crítica de la tilinguería de algunos aspirantes a cineastas y de las hipocresías propias del denominado «cine independiente» (puro ejercicio marketinero según Raúl Perrone) participe de este mismo juego y compita en festivales como el porteño. Quizás la respuesta a este llamado de atención se encuentre en la escena final de The woman in the septic tank, que evidentemente inspiró el título de esta sátira y que sugiere la posibilidad de que nada evita que el negocio audiovisual impregne a todos con su olor a mierda: incluso a aquéllos que reconocen su costado más odioso.