La suerte en tus manos

El domingo pasado, la revista de La Nación publicó este extracto de La suerte en tus manos, libro que Daniel Burman escribió a modo de diario de rodaje de la película homónima. El fragmento seleccionado recrea la búsqueda de una locación, al principio indefinida, que terminó siendo una porción del barrio de Once, ubicada a metros del domicilio de la infancia del director, «de los cuatro a los quince años». A simple vista, la anécdota de predestinación ilustra la impronta autobiográfica de un cine que curiosamente pierde personalidad.

La paradoja de abordar vivencias propias a partir de fórmulas generalizadas desemboca en un producto híbrido que corre el riesgo de saturar por partida doble. En una extremo, el ejercicio autorreferencial se convierte en ombliguista. En el otro, la aplicación de ecuaciones exitosas reduce la capacidad de innovación y por lo tanto de sorpresa.

En este sentido, La suerte en tus manos es una comedia romántica apta para distribución internacional y/o para una eventual remake en manos de Hollywood por ejemplo. Los interesados en recrearla para otros mercados deberán respetar la intención de retrato generacional en un delimitado sector social (integrantes de la burguesía urbana que transitan sus incipientes cuarenta años de vida), la estelaridad del elenco (compuesto por dos actrices consagradas como Valeria Bertuccelli y Norma Aleandro y por un cantante reconocido que no les teme a las cámaras como Jorge Drexler), el tono nostágico (cuya expresión más alta radica en la participación especial de artistas populares dispuestos a hacer de sí mismos, como es el caso de Juan Carlos Baglietto, Silvina Garré, Ruben Goldín y Adrián Abonizio).

En pocas palabras, los localismos de La suerte en tus manos son fácilmente reemplazables. En este sentido, Burman se parece cada vez más a su colega Juan José Campanella: de hecho, hasta coinciden en encargarle a Luis Brandoni el papel de sabio confidente (de sacerdote católico en El hombre de tu vida a urólogo judío en la película aquí comentada).

Cuando doce/ocho años atrás presentó Esperando al mesías y El abrazo partido, algunos espectadores imaginamos a Burman más cerca del cine de autor que de la producción for export. Las posteriores Derecho de familia, El nido vacío, Dos hermanos sugirieron lo contrario, y hoy su largometraje más reciente minimiza toda esperanza de rectificación.

Da la sensación de que el tiempo limará todavía más las diferencias entre las factorías Burman-Ducobvsky, Campanella y Suar. Con suerte, Sebastián Borensztein sepa salvarse del fenómeno homologador.