«Malvinas es el lugar donde nuestros muertos nos esperan siempre»

En el otoño de 1982, Sergio Giuseppetti tenía 20 años. Vivía en el partido bonaerense de San Martín con sus padres y una hermana menor. Al momento de presentarse al servicio militar, estaba haciendo el curso de ingreso a la Facultad de Ciencias Exactas para estudiar biología. Como conscripto, pasó tres meses de instrucción inicial en el Centro de Formación de Infantería de Marina en Pereyra Iraola. De ahí lo trasladaron a la ciudad de La Plata y luego a un destacamento en Punta Alta, pegado al puerto de Bahía Blanca. Malvinas se convirtió en destino final (y fatal) una vez declarada la pretendida «gesta de recuperación de las islas del Atlántico Sur«.

Junto a otros cinco conscriptos, Sergio integró una batería de comando que improvisó una trinchera en Monte London. Hasta allí llevó sus primeros libros universitarios, convencido de que podría estudiarlos en algún tiempo libre.

Para la familia Giuseppetti, el aniversario de Malvinas es un poco el aniversario de la muerte de Sergio. «No tenemos certezas -cuenta su hermana Paola-; sólo sabemos que ocurrió en el campo de batalla: o un bombardeo lo hizo volar por los aires o lo acribilló alguna patrulla británica mucho mejor entrenada en la tarea de emboscar al enemigo en rastrillajes nocturnos».

Paola tenía ocho años cuando vio a Sergio por última vez. Tres décadas después, lo recuerda en la siguiente entrevista concedida a Espectadores. Por expreso pedido suyo, la expresión «mi hermano» lleva H mayúscula.

——————————————————————————–

Espectadores: Cada 2 de abril es una fecha dolorosa para vos y tu familia. ¿Cambia algo este aniversario número 30?
Paola Giuseppetti: En realidad no me duele el recuerdo. En cambio sí me molestan las demagogias que siempre surgen alrededor y me dan mucha pena la desidia de algunos y la ignorancia de otros. Como dice la canción de León Gieco, «éste es un pais esponja, se chupa todo lo que pasó”. Los años me modificaron a mí como mujer: ahora soy madre y es inevitable imaginar qué sentiría si uno de mis hijos sufriera el destino que le tocó a mi Hermano.

E: Cuando Sergio partió a Malvinas, vos tenías ocho años… ¿Qué recuerdos conservás de ese momento?
PG: Sergio tenía que venir de visita para Semana Santa y le cancelaron el franco sin dar explicaciones. Cuando llamamos por teléfono, nos informaron que lo habían enviado de comisión al Sur, nada más. Cuando (Leopoldo Fortunato) Galtieri anunció en Plaza de Mayo que habían recuperado la soberanía de las islas, nos dimos cuenta de lo que estaba pasando realmente.

E: ¿Qué recuerdos tenés de Sergio, anteriores a su partida?
PG: Sergio se crió en un hogar de clase media baja con un pasar digno gracias al esfuerzo de sus padres. Lo recuerdo como predestinado a estar en el lugar equivocado. Para empezar, cursaba un secundario industrial (que duraba seis años en lugar de los cinco convencionales) así que pidió una prórroga cuando lo sortearon para la colimba: nació el 2 de septiembre de 1961 pero terminó como conscripto clase ’62. Después, con el título de Técnico Mecánico en Máquinas y Herramientas bajo el brazo, se anotó en la facultad de Ciencias Exactas para ingresar a la carrera de Biología.
Sólo tuvo una novia en una rápida y fugaz relación… En la colimba, lo pasó mal desde el principio: él era cero violencia; ni el fútbol le gustaba.

E: ¿Cuánto tiempo estuvo tu hermano en Malvinas?
PG: Lo que duró la guerra: dos meses más o menos. No hay fechas ciertas.

E: ¿Podían comunicarse con él? ¿De qué manera?
PG: Al principio nos llegaban cartas bien redactadas, donde nos contaba dónde estaba, para qué lo habían enviado. Nos tranquilizaba, nos aseguraba que pronto terminaría todo y que nos reuniríamos otra vez.
Con el tiempo los envíos fueron espaciándose y los textos se hicieron más escuetos primero y desesperantes después. Él no lo decía, pero por la gran lista de cosas que pedía (comida, frazadas, cigarrillos, etc), nos dábamos cuenta de que estaban muertos de hambre, frío y miedo. Suena cruel pero creo que intuían su destino de abandono en un monte helado.
Lo único en común entre las cartas iniciales y las últimas era el cierre «Viva la Patria». Se notaba que lo obligaban a escribirlo.

E: ¿Ustedes supieron cómo y dónde murió Sergio? ¿Cuándo los notificaron?
PG: Con el tiempo supimos que el desenlace se produjo entre el 11 y 12 de junio, en coincidencia con la visita del Papa Juan Pablo II a la Argentina, pero todo fue incertidumbre durante meses. No hubo notificaciones oficiales incluso después de la rendición del 14 de junio.
Los padres de los combatientes se agolpaban en el Edificio Libertador para tratar de conseguir algún dato concreto. Mi viejo era un tano curtido con la cuestión bélica ya que había combatido en la Segunda Guerra Mundial. Él reconoció antes que los demás la gravedad de la situacion, y con todo el dolor del alma se encargó de explicarle a mi mamá que el peor final se acercaba.
Recién después de casi cuatro meses, llegó a casa una comisión oficial como ésas que muestran las películas. En vez de una bandera, trajeron la gorra del uniforme del soldado caído. Todavía recuerdo cuando entraron por el pasillo de casa y a mi pobre vieja consumida física y emocionalmente le entregaron el típico telegrama y esa gorra blanca que seguro mi Hermano jamás usó.

E: ¿Cómo era ser hermana de un combatiente mientras duró la guerra?
PG: Yo fui alumna de un colegio de monjas muy contenedor: las maestras, la directora, las familias de las compañeras, todos estaban pendientes de mí y de lo que pasaba en casa. Igual en el barrio: recuerdo que mucha gente entraba y salía a cada rato, en especial para ver a mi mamá. Los vecinos nos ayudaron y armamos varias encomiendas con víveres y frazadas.
Todavía hoy me parece ver el interior de una caja de cartón marrón, con latas de dulce de membrillo, chocolate para taza Águila, yerba, azúcar, paquetes de cigarrillos y hasta una bufanda azul de lana interminable (treinta años después, sigo sin tener idea de quién la habrá tejido).

E: ¿Cómo fue ser hermana de un combatiente después de la guerra?
PG: Sergio siempre fue mi Hermano mayor, mi referente. Quizás por eso durante años conservé primero la esperanza y luego la fantasía de escuchar el timbre de casa y verlo avanzar por el largo pasillo de entrada.
Hasta que un día a mis 20 años caí en la cuenta de que me había convertido en la hermana mayor. Entonces empecé a pensar en él como en alguien de mi edad, con los mismos sueños que yo pero truncados. Hoy Sergio tendría 50 años, y yo a mis casi 39 podría tener un hijo de la edad suya cuando falleció. Y cuando veo a mi nene de 10, me resulta casi inevitable trazar un doloroso pero posible paralelismo que me lleva a sentir el horrible dolor de mi madre.

E: ¿Tuvieron oportunidad de viajar a Malvinas?
PG: En el año ’91, mis viejos hicieron un primer viaje organizado por la Cruz Roja Internacional. Fue un vuelo sin escalas, creo, en un avión de Aerolíneas Argentinas (donde la palabra «Argentinas» iba tapada) que despegó desde el aeropuerto de Ezeiza.
En Malvinas los recibieron con sumo respeto en un campamento inglés, atendido por ingleses que apenas hablaban castellano. Insisto en que los trataron con respeto e incluso con calidez.
Desde ahi los llevaron en helicóptero hasta el prolijo cementerio de Darwin. El contingente argentino estuvo sólo un día en las islas, pero la experiencia entera duró alrededor de tres porque tardaron en reunir en Buenos Aires a todos los familiares de los caídos (cabe destacar que la gran mayoría de los muertos eran del interior del país). No recuerdo dónde fue el punto de encuentro, pero sí que psicólogos y curas los prepararon emocionalmente.

E: ¿Hubo otros viajes?
PG: Hubo un segundo y último viaje. Lo hizo mi vieja sola: la madre viuda tenía prioridad ya que las negociaciones a cargo del gobierno de Cristina (Fernández de Kirchner) consiguieron la autorización para un único familiar por caído. Esta vez los convocaron en un hotel del centro porteño y los llevaron a la Catedral Metropolitana y a la Casa Rosada donde los recibió la Presidenta. Ella los acompañó hasta Río Gallegos, donde abordaron un vuelo charter de LAN Chile después de que la tripulación chilena los palpara de armas.
Tras el aterrizaje en Malvinas, les marcaron el pasaporte con el sello del gobierno inglés (porque los kelpers no son ciudadanos ingleses, pero las Falklands sí pertenecen al Reino Unido). Luego, del aeropuerto malvinense los trasladaron en vehículos 4×4 hasta el cementerio de Darwin, donde estuvieron dos horas como máximo.
Ese mismo día regresaron a Río Gallegos en el mismo vuelo de LAN, y sin descanso hicieron transbordo a un avión de Aerolíneas Argentinas que los llevó al aeroparque Jorge Newbery. En síntesis, el viaje duró dos días y dos noches: una en el hotel del centro porteño y otra en el de Río Gallegos.

E: ¿Tu mamá cobra alguna pensión por ser madre de soldado caído?
PG: Sí. Actualmente cobra una pensión de 1.250 pesos.

E: ¿Qué opinás del reclamo diplomático del actual Gobierno argentino?
PG: No tiene sentido ni fundamento real. En nuestro país son otras las prioridades más graves por resolver.
Nuestros muertos están allá y siempre van a esperarnos. En ese sentido, me gustaría poder viajar libremente, sin tener que pedirle un permiso diplomático a Gran Bretaña. Para mí, éste es un deseo pendiente por cumplir.

E: ¿Qué opinás de los llamados «soldados continentales» que reclaman una pensión como ex combatientes de Malvinas?
PG: El tema es delicado. Para mí existe una diferencia entre ellos y los que sí pisaron las islas, pero creo que la angustia ante un destino incierto merece algún tipo de resarcimiento económico. Hay que tener en cuenta que a todos ellos les costó mucho reinsertarse en la sociedad, aunque fue más duro para quienes vivieron el horror de la guerra en el archipiélago.

E: ¿Tu familia mantiene contacto con alguna asociación de ex combatientes?
PG: Sí. Mi mamá se reúne de vez en cuando con una asociación local, cuyo contacto surge a traves de un vecino que ella vio nacer y que estuvo muchos años en la Fuerza Aérea. Yo recibo información por correo electrónico de la Comisión de Familiares, pero no me gusta cómo politizaron la causa. No me interesa contactarlos salvo por algún posible viaje a las islas.

E: ¿Qué palabra te viene primero a la mente, sin pensar demasiado, cuando escuchás el apellido «Galtieri»?
PG: Monstruo.

E: ¿Qué palabra te viene primero a la mente, sin pensar demasiado, cuando escuchás la palabra «militares»?
PG: Necios.

E: ¿Qué palabra te viene primero a la mente, sin pensar demasiado, cuando escuchás la palabra «ingleses»?
PG: Imperialistas.

E: ¿Qué palabra te viene primero a la mente, sin pensar demasiado, cuando escuchás la palabra «guerra»?
PG: Miedo.

E: ¿Qué pensás hacer -o cómo pensás pasar- este 2 de abril de 2012?
PG: En casa, con mi mamá, como siempre. No soy amiga de los homenajes públicos. Es más, jamás asistí a alguno en todos estos años.

E: Tenés dos hijos… ¿Hablás con ellos de su tío, de la guerra de Malvinas?
PG: Sí, claro. Para ellos es el Tío Sergio. A veces, cuando pelean, se los pongo de ejemplo para que valoren la idea de tenerse el uno al otro, y les comento lo importante que sería para mí poder tener a mi Hermano vivo.
En cuanto a la guerra de Malvinas, recién ahora tienen edad para saber algo. De hecho, ya vieron el tema en la escuela.

E: ¿Qué significa Malvinas para vos hoy?
PG: Malvinas es el lugar donde nuestros muertos nos esperan siempre. Creo que, si ahí cayeron, ahí deben quedar. Por eso lo único que hoy me preocupa es el permiso especial para viajar a las islas. Gran Bretaña debería aceptar las solicitudes de los familiares que queremos ir por nuestra cuenta, sin mediación de nuestro gobierno ni de los ex combatientes.

E: Para terminar, te pido por favor unas últimas palabras sobre Sergio.
PG: Mi Hermano no tiene una tumba con su nombre… Personalmente no me interesa que reconozcan su cuerpo con un estudio de ADN o algo por el estilo. Sólo tengo presente que su vida y todos sus sueños se apagaron injustamente en aquel recóndito lugar. A veces cuesta creer que la desgracia haya conseguido echar raíces en un suelo tan hostil.