Que lo pague la noche

Extraña experiencia, la de ver Que lo pague la noche, película que Néstor Mazzini filmó en enero de 2002 y cuyo estreno comercial está previsto para mañana jueves 2 de febrero. Además de la crónica onírica de una venganza, el largometraje ofrece un repaso por su contexto de realización: la crisis posterior a la caída del gobierno de Fernando de la Rúa. Por momentos, algunas imágenes que hoy podemos calificar «de archivo» se imponen sobre el ejercicio de ficción.

A un año del prestreno en video que tuvo lugar en 2004, el INCAA financió la conversión de este trabajo al formato de 35 mm. El guionista y director porteño encaró entonces un proceso de redigitalización audiovisual y cambios en la estructura narrativa a favor de un montaje más ágil.

Diez años pasaron entre la primera toma y la presentación comercial pautada para este febrero. La recreación del crimen de un tal Espeche impacta menos por su condición surrealista que por ambientarse en Villa Lugano, en plena revuelta social. Aún los argentinos memoriosos nos sorprendemos ante las imágenes que nos recuerdan el caos padecido una década atrás.

Algunos espectadores encontramos en la precariedad de la película una referencia a nuestra propia situación como ciudadanos a la deriva. La obsesión de los personajes por el dinero y por saber quién «garcó» a quién evoca la compulsión de muchos compatriotas por encontrar y eventualmente ajusticiar a los culpables de tamaño zafarrancho.

¿Qué impresión nos habría causado este largometraje si lo hubiéramos visto en 2002? ¿Nos habríamos concentrado más en la historia imaginada que en los retazos de cruda realidad? ¿Le habríamos reprochado la alegoría explícita?

Da la sensación de que, a una década de su realización, Que lo pague la noche atrapa más por su faceta testimonial que por la ocurrencia ficcional. Extraña experiencia, este viaje en el tiempo que quizás el INCAA auspició para recordarnos el abismo entre aquel ayer y nuestro hoy.