Señores niños

Recién a fines de 2011 las librerías porteñas recibieron la edición traducida de Messieurs les enfants, libro que Daniel Pennac escribió en 1997 y que el director Pierre Boutron filmó y estrenó ese mismo año en Francia. Proveniente de nuestra Madre Patria, la versión en castellano adolece de algunos hispanismos (por ejemplo «clasificador» en vez de «carpeta») que por suerte no hacen mella en una prosa cuyo verdadero lenguaje -a no confundir con idioma- es universal.

La transición que supone la pubertad, las marcas que deja el colegio secundario (en especial algunos profesores), el reconocimiento de que los adultos también somos seres humanos que además alguna vez fuimos niños, la interacción entre la vida y la muerte constituyen los ejes principales de esta fábula absolutamente enternecedora. Sin ánimo de sacar lustre de su primera profesión, Pennac demuestra que es un docente de alma, conocedor del universo pedagógico y estudiantil con sus figuritas repetidas, sus prácticas centenarias y el infaltable margen para cierto tipo de magia (o fenómenos difícilmente explicables).

Señores niños conmueve especialmente a quienes sentimos nostalgia por la infancia perdida, y no por eso caemos en la tentación de idealizarla. También emociona a los adultos que seguimos de cerca el crecimiento de algún chico.

Sin solemnidad, lugares comunes ni sensiblería, Pennac cautiva nuestra atención a partir de un rompecabezas original y des/armado con inteligencia. Por otra parte, el escritor francés explota un fino sentido del humor en pasajes como el transcripto a continuación (que cierra esta reseña).

En lo que me concierne, nunca permití a Igor asfixiarme con sus «¿por qué?». Mientras Tatiana se embarcaba con sospechosa paciencia en el laberinto sin fin de los «¿por qué?, porque, pero ¿por qué?, porque…», yo superé muy pronto el proceso de las respuestas causales.

– ¡A los niños les importan un pimiento las causas, Tatiana! Sólo les interesa el objetivo.

Y es la verdadera verdad. Cuando un mocoso te pregunta «¿por qué llueve?», la peor respuesta que puede darse se refiere a «las nubes…», respuesta que produce ipso facto un «¿por qué las nubes?», y ya estás embarcándote en el complejo análisis de las «precipitaciones atmosféricas», «¿por qué las presipitasiones?», con su cortejo de anticiclones, «¿y por qué vienen de Lasa Sores?»… Enloquecida espiral en la que topas, pronto y fuerte, con las paredes de tu incompetencia, lo que te fuerza al bofetón liberador o, peor aún, a la mentira.

No. Esa edad exige respuestas finales.

¿Un ejemplo de respuesta final?

– ¿Por qué llueve?, preguntaba invariablemente Igor cuando paséabamos los domingos por el campo. ¿Eh? ¿Por qué llueve?

Para que crezcan las flores, Igor.

Y no es que a Igor le gustaran especialmente las flores (…), pero no cabía duda alguna de su necesidad, puesto que las tenía ante los ojos, allí, junto al camino por el que chapoteábamos en familia.

– Para que crezcan las flores.

La respuesta final concede cinco buenos minutos de tranquilidad. Probarla es adoptarla.

Tatiana estaba en contra, claro está. Afirmaba que al «finalizarlo» todo (la expresión es suya), iba a convertir a Igor en un cínico, un amputado de la nostalgia, tal vez incluso un político. Yo, por mi parte, afirmaba que las madres «causalistas» (la expresión es mía) fabricaban quisquillosos sin perspectivas, diseccionadores de poemas, médicos forenses del ensueño.

– ¿Por qué discutís?, preguntaba Igor.
– Para que crezcas recto.