Fausto, de Aleksandr Sokurov

«Las personas infelices son peligrosas» dice Aleksandr Sokurov que Johann Wolfgang von Goethe escribió a propósito de Fausto. De ahí el hincapié puesto en la insatisfacción no sólo del médico protagonista del célebre clásico de la literatura alemana (y de esta adaptación cinematográfica) sino del demonio que lo incita a firmar el pacto de sangre y que, cansado de su propia existencia, ansía la llegada del juicio final.

Para sorpresa de algunos espectadores asistentes al Festival de Cine de Mar del Plata, la criatura mefistofélica que encarna Anton Adasinsky se acerca mucho a la expresión «pobre diablo». Su cuerpo está desvencijado; no tiene sexo entre las piernas; su único placer libidinoso pasa por el voyeurismo y por besar compulsivamente a figuras religiosas; lo golpean y echan a patadas en más de una ocasión; lidia con el asedio de la extraña mujer cuyo rostro es el de la inconfundible Hanna Schygulla.

Cuando termina el largometraje, algunos espectadores nos sentimos tan agotados como este enviado del averno que suda la gota gorda para sellar el contrato por el alma del Dr. Fausto. Sokurov nos marea con parlamentos verborrágicos y con una coreografía actoral sin descanso: la cámara se detiene rara vez, por ejemplo en el rostro de Gretchen (interpretada por la bella Isolda Dychauk, la Lucrezia Borgia de esta serie televisiva).

Dicho esto, el realizador ruso consigue lo imposible con su último trabajo: que creamos percibir el olor de la Edad Media (o el olor que hoy arbitrariamente asociamos a la Edad Media) y que nos sintamos testigos privilegiados de la negociación entre médico y demonio. De esta manera propone un Fausto cinematográfico de colección que para algunos integrará la lista que encabeza la versión de René Clair con Gérard Philipe y Michel Simon.