¡Vivan las antípodas!

En ¡Vivan las antípodas!, Víctor Kossakovsky musicaliza el recorrido por un barrio popular de Shangai con nuestro valsesito «Desde el alma«, y nada parece desentonar. Lo mismo sucede cuando ensambla planos generales del lago Baikal de Rusia con imágenes de la patagonia chilena, o cuando alterna la atención de su cámara entre la mariposa española y la ballena neocelandesa, o cuando pinta marcas de lava hawaiana en el suelo de la sabana africana.

El mensaje es claro… Los antagonismos geográficos son apenas circunstanciales: una particularidad espacial que no altera ni la belleza de la naturaleza ni las características esenciales de nuestra condición humana.  

Y sin embargo, el documental de Kossakovsky dista de aportar agua al molino de la globalización. Nuestra riqueza radica en lo que tenemos en común pero también en lo que nos diferencia: la bendita pluralidad. De ahí el fresco impecable de parte de nuestra idiosincrasia encarnada en los hermanos entrerrianos que custodian un puente («soy como un lavarropas; me manejan las mujeres», bromean con la chispa típica que supo explotar Luis Landriscina). De ahí la combinación de nacionalidades detrás de esta co-producción (holandesa, alemana, chilena y argentina).

La fotografía, la banda de sonido, la originalísima idea de abordar el tema de las antípodas a partir de cuatro ejes que por momentos también se mezclan entre sí componen un trabajo con sentido estético, geológico, antropológico, filosófico. Con esta apertura, el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata compensa los tropiezos que podamos achacarle, y en principio promete una muestra de calidad.