Damas en guerra

Algo no termina de cuajar en Damas en guerra, comedia ¿romántica?, ¿sobre la amistad?, ¿sobre la crisis treintañera? que pasó raudamente por las salas porteñas a fines de septiembre. La película co-escrita y protagonizada por Kristen Wiig divierte con sus escenas más irreverentes (la descompostura posterior a un almuerzo brasileño, por ejemplo) pero desilusiona cuando se pone sensiblera y desemboca en un final feliz que incluye la reconciliación entre las antagonistas (a no rasgarse las vestiduras por esta revelación previsible).

Algunos espectadores habríamos querido ver más a Melissa McCarthy (¿se acuerdan de Mike & Molly?) o, mejor todavía, a Matt Lucas (el falso paralítico de Little Britain). Dicho sea de paso, resulta casi increíble que ambos exponentes de la incorrección política catódica coincidan en un mismo film con las Wilson Phillips, sin el menor propósito de parodia.

Estos dos extremos ilustran la contradicción entre cierta intención de patear el tablero (en este caso de las comedias casamenteras) y la ¿inevitable? presión de una industria conservadora siempre atenta a imponer la normalización. En este punto cabe señalar que Damas en guerras es una producción de Judd Apatow, especialista en este tipo de propuestas que se pretenden provocadoras y que sin embargo terminan acatando exigencias puritanas.

Críticas y reparos aparte, Bridemaids supera bodrios de temática similar como Una suegra de cuidado, Licencia para casarse o The back-up plan (no es casual que Jennifer López actúe en dos de estas tres películas). Al menos, nos permite pasar un buen rato además de reencontrarnos con comediantes que descubrimos y disfrutamos en televisión.

El film de Paul Feig merece, por lo tanto, una recomendación… siempre y cuando aclaremos que se trata de una comedia cuya irreverencia (mínima) dista de remitir a un humor osado y con pretensiones de originalidad.