La Maga, y una lectora aquí

Descubrir La Maga en los kioscos nos retrotrae década y media a quienes estudiamos periodismo en los años ’90 y ensayamos el oficio con los profesores -algunos, Maestros- del Taller Escuela Agencia (TEA). ¿Cómo no festejar la reaparición de la recordada publicación y enternecernos ante una tapa que nos pregunta «¿Hay alguien ahí?»? ¿Cómo evitar el entusiasmo ante una propuesta que desafía las premisas actuales de poco texto, mucha imagen, garantía de presencia online?

Las altas expectativas llevan incluso a minimizar (o a tomar como de quien viene) el exabrupto de Jorge Lanata en el mensaje de bienvenida que redactó en Libre. Sin dudas, el primer número de esta Maga provoca una curiosidad más emotiva que intelectual. Quizás por eso algunos sentimos un dolorcito en el pecho después de leerla.

Nobleza obliga, cabe aclarar que la desilusión es parcial.

De hecho, la autora de este post celebra el «gesto romántico» (palabras del propio director Carlos Ares) de lanzar esta «botella al mar» cuyo contenido es de calidad infrecuente: páginas bien redactadas, entrevistas extensas, opiniones argumentadas, pluralidad de voces (en este primer número conviven Tomás Abraham, Juan Sasturain, Jorge Fernández Díaz, Orlando Barone).

También corresponde señalar las marcas de pasión que encontramos en los textos. Pasión por la profesión en general, por esta apuesta editorial en particular, por nuestro presente y futuro como país y sociedad.

La dolencia en el pecho aparece cuando percibimos -por ejemplo en la presentación y contratapa firmadas por Ares y en las entrevistas que él mismo les hace a Abraham y Sasturain- la imperiosa necesidad de 1) reivindicar la existencia de un periodismo verdaderamente independiente y 2) probar el tremendo daño que el kirchnerismo le causó con la maliciosa y seisieteochesca componenda relato-subjetividad-militancia.

Que se entienda bien… Es muy saludable que Ares manifieste su posición anti-oficialista, que eventualmente adhiera al concepto de «estafa ideológica» desarrollado por Abraham, que busque arrinconar a Sasturain para que coincida en descalificar la programación de Canal 7 a partir de Fútbol para todos y 678. También resulta muy interesante el análisis de Pablo Mendelevich sobre «las grietas del periodismo» (que ya «estaba en la sala de operaciones cuando apareció el kirchnerismo para llevárselo puesto»).

Lo que molesta es lo de siempre: la pretensión de verdad objetiva; la incapacidad de reconocer el lugar o ideología desde donde se aborda, describe, analiza la realidad; la alusión a un periodismo idílico que en el pasado (vaya uno a saber cuándo) fue «la voz de los sin voz» (recordemos al aquí comentado Ignacio Ramonet) o -volvamos a La Maga- aquél que nos «ayudó a entender» (según el texto de Alfio Daza).

Esta nostalgia de un periodismo probo, inmune a todo tipo de condiciones y presiones, impide o limita la autocrítica. «El» Periodismo conserva entonces un halo sagrado similar al que presumen «la» Iglesia, «la» Ciencia, «la» Ley. Este discurso rara vez admite la contextualización y personificación; Juan Perón y el peronismo conforman la excepción a una regla que convierte a otros nombres, épocas y gobiernos en terreno casi aséptico.

Mal que les pese a sus responsables, esta nueva La Maga también ilustra la relación entre periodismo e ideología. La exigencia de rigurosidad profesional supone el reconocimiento de esta articulación compleja, a veces incómoda. Sin dudas duele cuando algunos referentes no saben/pueden/quieren asumirla.