Que mis palabras sean las suyas

«Ojalá pudiera escribir algo; creo que me haría bien». Que conste, las palabras encomilladas no son mías, y sin embargo éste es uno de los artículos más personales de Espectadores. Por favor tomen nota de la aclaración quienes les huyen a los textos autorreferenciales.

Mi tía Cristina (la misma que mencioné a mediados del año pasado) concluye nuestra conversación telefónica con esa expresión de deseo. Enseguida pienso en la virtud reparadora de cartas y posts redactados con intención catártica: para descargar broncas, aliviar dolores, ahuyentar temores, confesar pasiones.

Antes de cortar, le sugiero plasmar en papel «lo que salga». Pero luego en silencio me pregunto si el idioma alcanzará para liberar sentimientos cautivos durante más de treinta años. Elijo al azar el sustantivo «espera» y lo descubro raquítico, inconsistente, incapaz de contener una, dos, tres décadas.

Decididamente el término no alcanza para transmitir la incertidumbre, la angustia, los miedos (en plural), el sufrimiento que provocan la búsqueda de un hermano desaparecido en tiempos de dictadura y la inevitable confrontación con rumores/declaraciones/documentos que reconstruyen el calvario de secuestro, tortura, asesinato y abandono en una fosa común.

El derivado «esperanza» también le queda chico al cúmulo de sensaciones que generan la recuperación compleja de un sobrino apropiado y el desarrollo de un juicio hace días iniciado. El paso del tiempo conspira contra una reparación total, no tanto por la condición lenta o tardía de las revelaciones y de la causa judicial, sino porque a esta altura el duelo parece eterno.

En realidad no deberíamos hablar de «paso del tiempo», sino de fenómeno atemporal que suena a limbo terrenal. «Además de justicia, quiero conocer a mi sobrino y por fin dar con los restos de mi hermano» asegura esta otra Cristina en un intento por concentrarse en el presente y futuro de una historia cuyo pasado trágicamente nebuloso aún hoy pesa, condiciona, sujeta.

Ése es su deseo más férreo, muy por encima del que inicia este post. «Que mis palabras sean las suyas» pienso yo, sin embargo, mientras redacto este texto e imagino que mi tía lo lee y se siente al menos un poco mejor. Ojalá.