La mala educación

La elección de la anécdota es caprichosa, tal vez porque se trata de un episodio reciente y por lo tanto fresco en la memoria. En este sentido, los festejos del Día del Niño que el Colegio Oficial de Farmacéuticos y Bioquímicos de la Capital Federal organizó recién el sábado pasado se convierten en excusa para volver a escribir sobre la (mala) educación porteña, ya señalada al menos en uno, dos posts.

Por razones obvias, en esta oportunidad se trata de un universo reducido, conformado por profesionales del rubro mencionado y sus familias. La mayoría, hombres y mujeres treintañeros/cuarentones con sus cónyuges y sus vástagos de uno a doce o trece años. Aunque en franca minoría, también hacen número algunos cincuentones/sesentones con sus nietos.

Imaginen un salón decorado con globos multicolores y ascendentes (porque los inflaron con gas), con mesas dispuestas para ofrecer artículos de copetín, panchos, alfajores, facturas, gaseosas, café. Distintas tandas de comida que los organizadores sirven antes, entre y después de dos obras teatrales cuyas escenografías fueron montadas en un ambiente contiguo.

«Angurria» es la palabra que mejor define la conducta de grandes y chicos ávidos por acumular lo que sea: morfi, globos, souvenirs reservados para la despedida. La gratuidad parece el motor principal: rostros y miradas delatan pensamientos como «ya que no pagamos por esto, arrasemos con cuanto podamos»; «comamos a reventar así nos ahorramos la cena»; «alcémonos con la mayor cantidad de globos, caramelos y colgantes luminosos (iguales a los que terminamos llevando y descartando después de cada fiestita de cumpleaños)».

El vandalismo de esta mayoría deja afuera a quienes permanecemos en un rincón, entre azorados e indignados. Al término del festejo, descubrimos panchos y alfajores mordisqueados y luego abandonados al borde de las mesas saqueadas. También asistimos a la partida de colegiados cuyos niños exhiben como trofeo hasta tres lucecitas y seis globos arrebatados.

No importa que otros chicos se queden sin un solo recuerdo. Realmente no es grave pues éste dista de ser un evento único para nuestra clase media.

Claro que, después de esta experiencia, algunos espectadores entendemos mejor porqué tanta obsesión por la venalidad que generan (en otros, por supuesto) el chori y la coca, y porqué las políticas distributivas molestan tanto.

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PD. La foto que ilustra este post es una captura del pisotón perpetrado contra el agónico Globo rojo. La fruición por secuestrar globos para eventualmente terminar reventándolos evoca las escenas de persecución, fusilamiento y remate que preceden el final reparador del clásico de Albert Lamorisse.
El título también es cinematográfico. Si lo sabrán los fans de Pedro Almodóvar.