El neopunitivismo según Zaffaroni

Las características del Estado norteamericano han cambiado totalmente desde el establecimiento del denominado “new punitiveness” (o neopunitivismo). Insisto en los caracteres del nuevo rostro del sistema penal norteamericano: uno de cada tres hombres negros de entre 20 y 29 años se halla en la cárcel; un norteamericano de cada cien está en prisión; tres más están sometidos a vigilancia con probation o con parole; se inhabilita a perpetuidad para votar a cualquier condenado por cualquier delito; se difunde el three strikes and you are out (una pena de relegación perpetua para los simplemente molestos); se expulsa de las viviendas sociales a toda la familia del condenado; se lo priva de todos los beneficios sociales; se restablecieron los trabajos forzados; se ejecutaron unas 1300 penas de muerte desde el final de la moratoria de los ’70 (incluso a enfermos mentales y menores); los gobernadores hacen campañas para su reelección rodeados de retratos de los ejecutados a los que no les conmutaron la pena; se condena sin juicio mediante extorsión; los testigos de cargo son comprados con impunidad; se practican los métodos más inmorales de investigación; se instiga a la denuncia dentro de la familia.

Éste es uno de los párrafos más impresionantes del fascículo 14 de La cuestión criminal, cuya síntesis presentamos en tres grandes partes. La primera dedicada al académico Wayne Morrison; la segunda a otros tres autores (David Garland, Loïc Wacquant y Jonathan Simon); la tercera al aporte psi.

Referencia a Wayne Morrison
 La criminología académica guardó un silencio llamativo sobre los asesinatos masivos estatales, salvo por algún artículo aislado como el de Leo Alexander en 1948 o el libro de Sheldon Glueck de 1944 sobre crímenes de guerra. Sin embargo, en el filo de este siglo los trabajos son más frecuentes: por tratarse del más extenso y analítico, tomamos Criminología, civilización y el nuevo orden mundial que el profesor neocelandés Wayne Morrison publicó en 2006.

 Thomas Hobbes separaba el espacio civilizado del no civilizado (de guerra de todos contra todos), cuya presencia constituía una amenaza. Esta línea hobbesiana se quebró cuando el mundo incivilizado irrumpió en el corazón del civilizado el 11 de septiembre de 2001, y así destruyó el símbolo de ese mundo funcional y utilitarista de la globalización.

 A partir de esa fecha, la administración de George W. Bush reforzó su discutible origen y escaso prestigio con un discurso que confunde guerra y crimen para volver porosa la frontera entre el control interno y externo. El entonces Presidente de los Estados Unidos agitó el nacionalismo, trasladó la idea de prevención de la tolerancia cero al conflicto bélico y manipuló la tecnología de la comunicación para justificar la ocupación a Irak.

 La criminología es el producto de un sector del planeta, cuyos Estados se construyeron sobre la violencia y el genocidio, con cita de Bauman: el triunfo de unas pocas etnias sobre otras llevó a la destrucción de los vencidos y la historia la escribieron los vencedores, mostrando su civilización como un camino de progreso hacia la pacificación de la vida cotidiana.

 La criminología sólo recoge datos domésticos y condicionados por el poder de las naciones-Estado, formadas por medio de la violencia y dominando a otras de igual modo. Por ende, su discurso es muy parcial, construido en torno a un mundo de hechos políticamente delimitados.

 La criminología consideró que los grandes crímenes del siglo XX son excepciones de las que no necesita ocuparse. En el caso del Holocausto, la imagen de los campos de concentración reafirma esta distancia, asegurando que son lugares verdaderamente excepcionales que nunca volverán a existir.

 Entre Bush y Bin Laden media un juego de espejos, pues Bush no habría obtenido poderes extraordinarios sin Bin Laden. Al asignársele al terrorismo el status de acto de guerra, se lo excluye de las garantías penales, al tiempo que la ausencia de combatientes regulares permite ignorar la Convención de Ginebra: el más poderoso es entonces quien resuelve en la excepción (algo similar a la ley marcial en los regímenes coloniales y del Führerprinzip nazi).

David Garland, Loïc Wacquant y Jonathan Simon
 Lo posmoderno recupera las características de lo premoderno inquisitorial. De poco ha servido la caída del muro, porque el stalinismo penal ha renacido en los Estados Unidos y se ofrece como modelo mundial. De esto se ocupan, entre otros criminólogos, David Garland, Loïc Wacquant y Jonathan Simon.

 En La cultura del control (2001), Garland sostiene que la criminología de la vida cotidiana incorpora al delito como riesgo normal y nos llena de ingenios humanos preventivos. En otras palabras, la prevención del delito no depende de valores morales, sino de obstáculos físicos que privan de oportunidad.

 También aparece la criminología del otro, basada en la venganza, que se expresa como exclusión, defensa social, neutralización del sujeto peligroso.

 Para Wacquant, esta tensión responde a un sistema posfordista que precariza el trabajo, profundiza las discriminaciones y segregaciones de clase y raciales. La política neoliberal relega a los sectores más golpeados a los barrios pobres, marginales y alejados; también monta un aparato punitivo de contención que configura lo que llama un “Estado penal”.

 Este Estado penal continúa el racismo del apartheid que –según sostiene Wacquant– nunca desapareció de las prácticas burocráticas norteamericanas. Por eso podemos hablar de un “Estado racial”.

 Además, la precarización del trabajo hizo desaparecer la solidaridad del gueto, que fue reemplazado por un supergueto sin sentimiento comunitario. Esto provoca la victimización de los pobres (los de la villa roban en la villa).

 Por su parte, Simon atribuye esta explosión represiva a la lenta pero incesante deslegitimación del Estado de bienestar, fijando su comienzo en la agresiva campaña del conservador Barry Goldwater en 1964, basada casi por completo en la consigna de ley y orden. A ella siguieron las guerras contra la droga de Nixon, Reagan y Bush padre, para culminar con la guerra al terrorismo de su inolvidable hijo después del 11 de septiembre de 2001.

 La clave de esta interpretación se halla en que, cuando se gobierna mediante el crimen, el modelo punitivo –y vindicativo– se vuelve una técnica general de gobierno, o sea, que se extiende a todas las formas sociales: va desde el Estado nacional hasta la escuela, invade el ámbito privado y las relaciones familiares, amenaza la democracia en todas las instituciones.

 El proceso se aceleró porque desde Reagan hasta Bush todos los Presidentes fueron gobernadores de estados (salvo Bush padre, que venía de la CIA, lo que no altera la tónica). Estos Primeros Mandatarios trasladaron al gobierno federal la modalidad vindicativa de la política provinciana (donde los fiscales son elegidos por voto popular) y adquirieron la práctica de fabricar víctimas-héroes como modo de dar el salto a las gobernaciones.

 Al legitimar el desmantelamiento del Estado de bienestar, estos políticos lesionan los derechos de toda la población. Tienen la oportunidad de reivindicarse, mostrando su falsa preocupación por la seguridad mediante las leyes más autoritarias, atendiendo al reclamo público del que las víctimas-héroes son vanguardia (caso Blumberg), al tiempo que el modelo punitivo se cuela en todas las instituciones y formas sociales, públicas y privadas.

 Este poder punitivo sin control siempre se usó para verticalizar y jerarquizar a las sociedades, es decir, para dotarlas de una estructura colonizante. Por ende, es natural que esta técnica o governance se derive en forma de catarata hacia todas las instituciones sociales.

Las ciencias psi
 En general, los criminólogos críticos reaccionaron alérgicamente frente a las propuestas de intervenciones psi en su campo y se inclinaron por cortar todo vínculo con estos saberes. Esto no pasa de ser una reacción emocional, nunca buena consejera en la ciencia, producto de una confusión de niveles.

 Parte de este desencuentro se debe al desconocimiento de los respectivos planos de análisis y observación: el sociólogo observa desde lo grupal y el psicólogo desde el sujeto concreto. Por eso, los conocimientos del sociólogo son útiles en particular para formular políticas, pero nada nos dice sobre qué hacer con el sujeto concreto, del que la criminología no puede desentenderse.

 Si el poder punitivo interviene de modo deteriorante y estigmatizante, y si hay personas que lo sufren mucho más que otras, es el campo psi el que puede informarnos a qué responde la mayor vulnerabilidad en cada uno y, lo que es más importante, cómo abordarla en el sujeto concreto.

 Por otra parte, es sabido que todo lo relacionado con el ejercicio del poder punitivo opera como miel para moscas respecto de muchas personas con patologías serias. Esto no es un dato menor para la toma de decisiones a la hora de seleccionar personal o de desentrañar la naturaleza de algunas conductas desplegadas en otros segmentos del sistema.

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La versión completa de este fascículo se encuentra aquí.

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María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

8 thoughts on “El neopunitivismo según Zaffaroni

  1. Cuantas cosas en q pensar ,cuantas variables( y no reducir el tema a solo pedir mano dura o pena de muerte o mas canas )
    Las cifras de tu introduccion ;”1 de cada 3 negros de entre 20 y 30 esta en la cárcel “es escalofriante porq ademas detrás de eso esta toda la historia .
    Es un tema q deberia abordarse multidisciplanariamente ,en serio ,con debate , hechos ,resultados de estrategias distintas y cifras .
    Muy interesante María Cada vez más .

  2. Gracias por las recomendaciones, Rodrigo.

    Es cierto que las entregas de La cuestión criminal son cada vez más interesantes, Mabel. Desde ya, todo el mérito es del Dr. Zaffaroni y sus colaboradores.

  3. Es una recomendación para algún lector golondrina que haya caído aquí. Quien escribe el post se nota que sabe mucho más del tema que yo y no necesita que yo le recomiende nada.
    Abrazo de Gaulle!

  4. Grande Zaffaroni!, penalistas como el hacen falta. Tengo prueba de este libro mañana en “Historia del Derecho”. Saludos desde Chile

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