Quiero matar a mi jefe

En principio Quiero matar a mi jefe promete hacer realidad la fantasía de la mayoría de los empleados en relación de dependencia. Un poco como The office, la comedia de Seth Gordon pretende generar empatía en torno a un padecimiento que todos conocimos o conocemos pero redoblando la apuesta de la exitosa serie televisiva, más bien concentrada en ilustrar el dicho popular «el que sabe sabe y el que no…».

La película que se estrenará pasado mañana en Buenos Aires explota la figura de acoso laboral a partir de las caricaturas sexual (que encarna Jennifer Aniston), nepótica (a cargo del metamorfoseado Colin Farrell) y paranoide (de Kevin Spacey). Si tenemos en cuenta el título original Horrible bosses, podemos pensar que éstos son los verdaderos protagonistas de la fábula, y no las víctimas interpretadas por el ascendente Jason Bateman y los menos conocidos Jason Sudeikis y Charlie Day.

Por lo pronto, los tres jefes canallas son más interesantes que los tres subalternos incapaces de defenderse no sólo de sus patrones sino de las amenazas de despido y desempleo, y de un vivillo que los asesora desde su pretendida condición de asesino a sueldo (Jamie Foxx). De ahí que algunos espectadores consideremos fallido el intento de identificación.

Por otra parte, la maldad les sienta mejor a Farrell y Spacey que a Aniston (no basta con oscurecer el color de pelo para inspirar temor). Algunos dirán que los primeros tienen más experiencia en villanía que la Rachel Green de Friends (recordémosla junto a Clive Owen en Descarrilados). Los argentinos mayores de 35 años advertiremos que las escenas de la acosadora Julia con el esmirriado Dale pierden por goleada ante aquéllas protagonizadas por Rogelio Roldán y la esposa de uno de sus superiores.

Es más, llegamos a la misma conclusión cuando comparamos la dupla Spacey/Bateman con la conformada por el Negro Olmedo y Vicente La Rusa. Entonces Quiero matar a mi jefe termina de venirse abajo.