Viudas

Que la muerte de un hombre casado revele la existencia de una amante o una relación paralela mantenida en secreto durante años dista de ser una rareza. En cambio estamos poco habituados a que, justo antes de fallecer, el marido infiel le encargue a su esposa desprevenida el cuidado de esa otra hasta entonces desconocida.

Sin dudas, Viudas es una propuesta complicada por partida doble. Primero porque plantea una situación nada fácil, generadora de juicios de valor apresurados y en ocasiones despiadados. Segundo porque pretende abordar la problemática de manera equilibrada, es decir, sin victimizar/demonizar a las dos mujeres en cuestión y tratando de matizar el inevitable drama con algunos toques de humor.

Después de ver la película de Marcos Carnevale algunos espectadores enseguida pensamos en Ingmar Bergman, Pedro Almodóvar y Alejandro Doria. Quizás porque a estos maestros les habría interesado filmar la historia de Elena y Adela, nos resulta tentador imaginar cómo lo habrían hecho.

El realizador sueco se habría acercado al ideal de equilibrio, aunque seguro habría profundizado el retrato de las dos protagonistas reunidas por un destino caprichoso y perverso o provocador. De ser así, es poco probable que a un tema complejo per se le hubiera agregado un elemento distractivo como la intervención de una empleada doméstica transexual.

En cambio, el cineasta manchego habría aprovechado al máximo al presencia de este personaje secundario para exacerbar la condición atípica -por momentos surrealista- de un reconocimiento forzado y de una convivencia insalubre. En sus manos, Viudas habría sido de todo menos un relato equilibrado, y él como nadie habría sabido insertar escenas desopilantes en un melodrama desvergonzadamente lacrimógeno.

Por su parte, el autor de Esperando la carroza habría vuelto a apostar al grotesco argentino para desnudar los sentimientos contradictorios de Elena y Adela, y de paso los de una sociedad (la nuestra) tan alejada del pretendido equilibrio y tan afecta a los chismes y al qué dirán. Es probable que Doria también habría conservado al personaje de la mucama Justina pero habría cuidado su caracterización (¿de dónde sacaron Carnevale y/o Martín Bossi que los paraguayos ubican mal las «s» plurales?).

Sin dudas, la idea original de Bernarda Pagés es interesante, no así su abordaje. Gags descolocados (como los reclamos del chino aporteñado delante de una Adela que acaba de cortarse las venas), actuaciones poco innovadoras (por enésima vez Graciela Borges hace de señora bian y Valeria Bertuccelli de joven -no tan joven- entre híper sensible y díscola), guiños cholulos (con las breves apariciones de Juan Cruz Bordeu, Daniel Burman y el propio co-guionista y director) son los tres grandes desaciertos de un film con giros previsibles y excesivos cien minutos de duración.

Los únicos placeres, la fotografía a cargo de Horacio Maira y la banda sonora encabezada por la adaptación que Vicentico hizo de «Paisaje» de Franco Simone (también cantada por Gilda).